Montdedutor
Cuando la danza rompe el escenario y entra en el alma
La noche del jueves dejó uno de esos momentos difíciles de explicar con palabras dentro del Festival Cádiz en Danza 2026. El Gran Teatro Falla acogió Danzas Románticas, la propuesta de Montdedutor, dirigida por Guillem Mont de Palol y Jorge Dutor, una experiencia escénica que terminó convirtiéndose en algo mucho más profundo que una representación.
Inspirada en grandes ballets del Romanticismo como Giselle, Coppélia, La Sylphide, Raymonda o Scheherazade, la obra propone una reflexión contemporánea sobre las mujeres protagonistas de estas historias y los abusos, silencios y sacrificios que han arrastrado durante siglos en la narrativa clásica.
Pero lo verdaderamente extraordinario ocurrió cuando el escenario dejó de pertenecer a los intérpretes y pasó a ser compartido por el público. Un grupo reducido de asistentes fue invitado a subir a las tablas del Falla para formar parte activa de la experiencia. Allí desaparecieron las fronteras entre actor y espectador, entre ficción y realidad.
Las risas aparecieron con naturalidad. También hubo lágrimas. Hubo silencios que hablaban por sí solos. Emociones difíciles de nombrar y sentimientos encontrados que iban recorriendo a todos los presentes mientras la propuesta avanzaba entre el ritual colectivo, la performance y el encuentro humano.
La implicación fue total. Entre los asistentes se encontraba una amplia representación del Ayuntamiento de Cádiz, con la presencia de Pablo Otero, Virginia Martín, Gloria Bazán y Loli Pavón, que se sumaron con cercanía, simpatía y una sonrisa permanente a todo cuanto iba sucediendo sobre el escenario, participando activamente en una experiencia donde nadie permaneció como simple observador.
Lo vivido anoche fue magia. Fue encanto. Fue uno de esos momentos que recuerdan por qué la danza sigue siendo necesaria. Porque cuando el arte consigue romper las barreras y convertir al público en parte de la historia, sucede algo irrepetible.
Como reportero gráfico, pocas veces he sentido algo parecido. Hubo momentos en los que costaba mantener la atención detrás de la cámara. La tentación de dejar de fotografiar y participar era constante. Quizás porque, por unas horas, el Teatro Falla dejó de ser un teatro para convertirse en un lugar donde compartir emociones, recuerdos y humanidad.
Y cuando eso ocurre, la danza deja de ser espectáculo para convertirse en experiencia.
texto: @PacodlaCorte
fotografía: @PacodlaCorte