Capítulo VIII "La Laguna"

La Laguna: del jardín y los chalés al barrio vertical

Hubo un tiempo en que La Laguna no era todavía un barrio. Donde hoy se levantan bloques de viviendas, circulan cientos de vehículos y se suceden comercios, colegios y cafeterías, se extendían huertas, terrenos arenosos, árboles y casas de recreo. Cádiz terminaba mucho antes y aquel paraje de extramuros conservaba algo que ahora resulta difícil imaginar: espacio.

El nombre del barrio procede precisamente de aquel paisaje. En el punto más bajo de los terrenos, aproximadamente donde se encuentra el actual estadio Nuevo Mirandilla, el agua de lluvia se acumulaba con facilidad. Aquella hondonada inundable terminó siendo conocida popularmente como La Laguna. El nombre sobrevivió a las huertas, a los chalés y a todas las transformaciones posteriores.

La Laguna nació así, entre el agua y la tierra, antes de convertirse en uno de los barrios más densos y poblados de Cádiz.

De las huertas a las primeras casas

El origen del barrio está relacionado con la familia Martínez del Cerro Gómez-Pablos. Servando Martínez del Cerro Acaso y Elena Gómez-Pablos y Aramburu contrajeron matrimonio en 1894 y pasaron algunos años en París, donde Servando representaba los intereses vinícolas de la familia. Hacia 1900 regresaron a Cádiz y fijaron su residencia en la plaza de Mina.

La historia vecinal cuenta que Elena, descontenta con la calidad de la leche que se vendía entonces en la ciudad, decidió adquirir una vaca. Aquella iniciativa doméstica terminó dando lugar a una vaquería instalada en unas huertas de extramuros. Alrededor de ella fueron apareciendo distintas construcciones, casas de campo y viviendas de recreo.

Las primeras fincas recibieron nombres propios, como Virgen del Rosario o San Luis Rey de Francia. Otras fueron bautizadas con letras de los alfabetos latino y griego. Eran casas rodeadas de vegetación, pequeños jardines y terrenos abiertos. Para muchas familias acomodadas, aquella zona representaba la posibilidad de alejarse temporalmente del caserío compacto del centro sin abandonar Cádiz.

El paisaje incluía también un polvorín y la vivienda del brigada encargado de custodiarlo. Las calles todavía no existían como hoy las conocemos. Había caminos, parcelas, arena y árboles. El barrio era más jardín que ciudad.


Pintor Zuloaga, puerta de entrada al barrio

Ana María comienza el recorrido por la calle Pintor Zuloaga, en su cruce con la calle Madrazo. Esta vía, una de las principales arterias de La Laguna, reúne viviendas, comercios y establecimientos de hostelería que llenan de movimiento la vida diaria del barrio. Sus edificios reflejan el crecimiento vertical que transformó las antiguas huertas y casas bajas en una zona urbana intensamente habitada.

«Para conocer un barrio hay que entrar en sus calles y

dejarse llevar por su vida cotidiana».

Alonso Cano, vida a pie de calle

Ana María continúa su paseo por la calle Alonso Cano, donde los bloques de viviendas conviven con bares, tiendas y pequeños negocios. Las entradas y salidas, las conversaciones junto a los escaparates y el movimiento de quienes cruzan sus aceras componen una escena cotidiana de La Laguna, un barrio intensamente vivido desde primera hora del día.

«La verdadera historia de un barrio se escribe cada día a pie de calle».


La gran transformación de los años setenta

El cambio definitivo llegó entre mediados y finales de la década de 1970. La demanda de viviendas y la escasez de suelo disponible en Cádiz hicieron que muchas parcelas ocupadas por chalés resultaran especialmente atractivas para los promotores.

En la calle Goya se construyeron tres grandes bloques con nueve portales. Otras promociones se extendieron por Santa Teresa, Sorolla, Pintor Zuloaga y las calles próximas. Cada nueva operación aumentaba el número de viviendas y reducía la presencia de casas unifamiliares, patios y jardines.

El barrio comenzó a crecer hacia arriba.

Los chalés fueron desapareciendo uno tras otro y en su lugar se levantaron edificios capaces de alojar a decenas de familias. La transformación fue tan rápida que quienes habían conocido la antigua Laguna apenas reconocían ya aquel lugar. Los niños perdieron parte del espacio donde jugaban, aumentó el número de automóviles y las calles de tierra dejaron de corresponderse con la realidad de un barrio cada vez más poblado.

Durante años, muchas vías permanecieron sin asfaltar. Cuando llovía, los charcos y el barro dificultaban el tránsito. Pintor Zuloaga, que terminaría convirtiéndose en una de las principales arterias del barrio, fue una de las últimas calles importantes en recibir una urbanización adecuada.

La Laguna se llenó de gente antes de estar completamente preparada para recibirla.


Copiarte, la imagen del comercio cercano

Ana María se acerca a Copiarte, un establecimiento dedicado a la impresión y personalización que lleva prestando servicio desde 1982. Su llamativa fachada forma parte del variado escaparate comercial de La Laguna, donde los negocios especializados conviven con las viviendas y atienden las necesidades cotidianas de vecinos, estudiantes y profesionales.

«Un comercio deja de ser solo una tienda cuando su historia

se mezcla con la del barrio».

 


San Servando y San Germán, templo del barrio

Ana María llega a la parroquia de San Servando y San Germán, uno de los principales referentes de La Laguna. El templo fue construido sobre terrenos donados por María y Clara Martínez del Cerro Gómez-Pablos, quienes también financiaron las obras. Desde entonces, sus puertas han acompañado celebraciones, despedidas y encuentros de varias generaciones de vecinos.

«Hay lugares que no solo forman parte del barrio:

también guardan la memoria de quienes lo habitan».




Plaza de Esquivel, el rincón del encuentro

En una de las esquinas más conocidas de la plaza de Esquivel se encuentra El Rinconcillo, un bar ligado al ambiente vecinal y cadista de La Laguna. Una muestra de esa hostelería cercana en la que una tapa, una conversación o un partido compartido convierten el establecimiento en lugar de encuentro.

«Los barrios también se construyen alrededor de una mesa».


Un barrio vertical

Actualmente, La Laguna es uno de los espacios residenciales más densos de Cádiz. Los estudios municipales han contabilizado alrededor de cuatro mil viviendas dentro de su delimitación estadística. La asociación vecinal ha señalado que, en determinados puntos, se alcanzan densidades de hasta 278 viviendas por hectárea.

Durante años se repitió que La Laguna era el barrio más densamente poblado de Europa. No existe una comparación oficial que permita sostener esa afirmación, pero la frase expresa una realidad visible: en muy poco terreno viven miles de personas.

Las cifras de población varían según los límites utilizados. El Ayuntamiento contabilizó 8.365 habitantes en el barrio estadístico en 2017. Las estimaciones vecinales han llegado a situar su población entre 15.000 y 24.000 personas al incluir un ámbito urbano más amplio. Más allá de la diferencia, todas las fuentes coinciden en que La Laguna es uno de los barrios con mayor concentración residencial de Cádiz.

Esta densidad ha dado al barrio una extraordinaria vitalidad, pero también explica buena parte de sus problemas. Apenas quedan solares libres. Las zonas verdes son escasas y resulta difícil crear nuevos equipamientos sin transformar los espacios existentes.

La plaza Reina Sofía constituye uno de sus principales desahogos. Bajo ella se construyó un aparcamiento con 325 plazas y en la superficie se habilitaron zonas de estancia y juegos infantiles. La actuación permitió también levantar el Centro de Salud de La Laguna, que presta servicio a una población muy superior a la del barrio estadístico.

Comercios a pie de calle

La elevada población ha favorecido una intensa actividad comercial. La Laguna funciona en muchos aspectos como una pequeña ciudad dentro de Cádiz. Alimentación, farmacias, ferreterías, peluquerías, bares, restaurantes, talleres y todo tipo de servicios se reparten por sus calles.

Un inventario vecinal publicado en 2017 hablaba de unos 480 establecimientos comerciales. Aunque la cifra necesita ser actualizada, permite comprender la importancia económica del barrio.

Pintor Zuloaga, la avenida de Portugal, Cayetano del Toro, la plaza de Madrid y los alrededores del estadio forman sus principales ejes de actividad. La remodelación del antiguo estadio Carranza, hoy Nuevo Mirandilla, incorporó locales comerciales y plazas de garaje en sus bajos, generando una nueva centralidad urbana.

El soterramiento de las vías del tren también fue fundamental. Durante décadas, la línea ferroviaria y sus muros separaron La Laguna de Loreto y Puntales. Su desaparición abrió nuevas calles, mejoró las comunicaciones y atrajo al comercio del barrio a vecinos de otras zonas de extramuros.

Los días de partido, el estadio modifica el ritmo cotidiano. Aumenta el tránsito, se llenan los establecimientos y encontrar aparcamiento se convierte en una tarea aún más complicada. La relación entre el Cádiz Club de Fútbol y La Laguna no es solamente geográfica: forma parte de la vida económica y sentimental del barrio.

Vivir sin espacio

El aparcamiento es uno de los problemas históricos de La Laguna. Muchos edificios carecen de garajes subterráneos debido, entre otros factores, al elevado nivel freático. El crecimiento residencial multiplicó el número de vehículos sin que aumentara al mismo ritmo el espacio disponible.

La creación del aparcamiento de Reina Sofía alivió parcialmente la situación, pero no la resolvió. En los últimos años se han implantado zonas de estacionamiento regulado para favorecer a los residentes, especialmente durante el verano y los grandes acontecimientos celebrados en el estadio.

La falta de espacio afecta también a los peatones. Algunas calles conservan acerados estrechos o deteriorados. Las raíces de los árboles, los desniveles y el envejecimiento del pavimento dificultan la movilidad de las personas mayores y de quienes utilizan bastones, andadores o sillas de ruedas.

El entorno de la parroquia de San Servando y San Germán se ha convertido en uno de los ejemplos más visibles de esta necesidad de mejorar la accesibilidad.


Plaza de Bécquer, un respiro entre bloques

La plaza de Bécquer aparece recogida entre edificios, árboles y vehículos, como uno de esos pequeños espacios que alivian la intensa trama urbana de La Laguna. Su imagen refleja también uno de los grandes desafíos del barrio: conciliar la elevada densidad de viviendas con la necesidad de zonas de encuentro, sombra y descanso para el vecindario.

«Incluso el barrio más vertical necesita un rincón donde respirar».

El estadio que cambió el destino del barrio

La construcción del estadio municipal durante la alcaldía de José León de Carranza marcó un antes y un después. El Ayuntamiento adquirió una gran superficie de terreno y calificó parte de la zona para uso deportivo. El nuevo campo de fútbol convirtió La Laguna en un lugar conocido por toda la ciudad y aceleró la urbanización de sus alrededores.

Junto al estadio aparecieron los primeros edificios de gran altura, entre ellos los de la plaza de Madrid. Aquellos bloques parecían gigantes frente a los chalés y las casas bajas que todavía dominaban el paisaje.Tras la muerte de Servando Martínez del Cerro, sus hijas María y Clara vendieron distintas parcelas a promotores inmobiliarios. También facilitaron suelo para viviendas sociales y centros educativos. En aquellos terrenos se levantaron la barriada de Santa Teresa, la promoción de San Miguel, en la calle Sorolla, y el colegio Manuel de Falla.

Las hermanas donaron además el terreno y financiaron la construcción de la parroquia de San Servando y San Germán, que acabaría convirtiéndose en uno de los principales espacios de encuentro del vecindario.

La Laguna empezaba a dejar atrás su carácter rural y recreativo. Cádiz avanzaba hacia ella.


Primera mirada al estadio

Desde la calle Pintor Zuloaga, Ana María contempla por primera vez la silueta del JP Financial Estadio, denominado institucionalmente Estadio Nuevo Mirandilla. El recinto aparece encajado entre los bloques, los comercios y la vida diaria del barrio, recordando hasta qué punto el fútbol y La Laguna han crecido juntos.

«Al final de la calle, el estadio no solo se contempla: también se siente».


Los colores de una ciudad

La tienda oficial del Cádiz Club de Fútbol ocupa uno de los locales del estadio y lleva sus colores más allá de las gradas. Camisetas, escudos y recuerdos convierten este escaparate en un punto de encuentro para una afición que transmite el sentimiento cadista de generación en generación. En La Laguna, el equipo forma parte del paisaje y de la vida cotidiana.

«Hay colores que no se eligen: se sienten y se heredan».


La afición, el alma del Cádiz

Ana María señala el monumento dedicado a la afición cadista, situado junto al estadio. La escultura reúne rostros, edades y emociones para rendir homenaje a quienes han sostenido al equipo desde la grada, en las victorias y, sobre todo, en los momentos difíciles. Una fidelidad que pasa de padres a hijos y une al club con el barrio y con toda la ciudad.

«Un equipo juega en el campo,

pero su verdadera fuerza nace en la grada».


La Escalerilla, parada obligada

Junto a las escaleras que le dan nombre, el café-bar La Escalerilla es uno de esos establecimientos donde siempre apetece detenerse. Vecinos, trabajadores y aficionados encuentran aquí un lugar para desayunar, tomar una tapa o conversar antes de continuar el camino. Un negocio sencillo y cercano que forma parte del ritmo diario de La Laguna.

«Hay paradas pequeñas que terminan formando parte de todos los caminos».




El gigante entre los bloques

Ana María avanza ante la imponente fachada del JP Financial Estadio, denominado institucionalmente Estadio Nuevo Mirandilla. Encajado entre edificios residenciales, el recinto resume la transformación de La Laguna: del paisaje abierto de huertas y chalés a un barrio vertical, comercial y estrechamente unido al fútbol.

«Hay edificios que ocupan un lugar y otros que terminan dando identidad a todo un barrio».


El Cádiz parte desde La Laguna

El autobús del Cádiz Club de Fútbol espera junto a las puertas del JP Financial Estadio dedicadas a Mágico González y Pepe Mejías. Una imagen que une el presente del equipo con la memoria de dos futbolistas muy queridos por la afición. Desde este rincón de La Laguna comienzan viajes cargados de ilusión, encuentros y sueños compartidos.

«Cada viaje comienza en casa y

siempre lleva consigo la esperanza de volver con una alegría».


La puerta de la magia

Ana María señala la puerta del estadio dedicada a Jorge Alberto “Mágico” González. El futbolista salvadoreño llegó al Cádiz en 1982 y conquistó a la afición con un talento imprevisible y una forma de entender el juego que nunca se parecía a la de los demás. Su nombre permanece aquí como recuerdo de una relación que trascendió el fútbol.

«La verdadera magia no desaparece:

permanece en la memoria de quienes la vivieron».


Puerta Sur, nombres para la memoria

En la Puerta Sur del estadio, los accesos recuerdan a Mágico González y Pepe Mejías, dos futbolistas que dejaron una huella profunda en el cadismo. Sus nombres reciben hoy a los aficionados y convierten la entrada al recinto en un homenaje permanente a quienes escribieron parte de la historia del club.

«Recordar a quienes hicieron historia es otra forma

de mantener abierta la puerta de la emoción».


El tren que dejó de dividir el barrio

El soterramiento de las vías transformó profundamente La Laguna. La antigua línea ferroviaria y sus muros actuaban como una barrera que separaba el barrio de Loreto y Puntales. Al desaparecer de la superficie, surgieron nuevas conexiones, espacios abiertos y una estación moderna junto al estadio, atendida por Cercanías y el Trambahía. La ciudad ganó movilidad y los barrios volvieron a mirarse de frente.

«Cuando desaparece una barrera, no solo se unen calles:

también se acercan las personas».


Un muro que habla muchos idiomas

La fachada de la Escuela Oficial de Idiomas transforma la calle en un gran lienzo de colores. Sillas, lápices, aves y símbolos componen un lenguaje visual abierto a todas las miradas. Tras este muro, generaciones de alumnos aprenden nuevas formas de comunicarse y descubren que cada idioma es también una puerta hacia otras culturas.

«Aprender otra lengua es encontrar una nueva manera de mirar el mundo».




Un barrio que envejece

Como sucede en buena parte de Cádiz, La Laguna ha experimentado un progresivo envejecimiento de su población. Muchos de quienes llegaron durante el crecimiento de los años sesenta y setenta continúan viviendo en las mismas casas. Sus hijos, en cambio, han encontrado dificultades para permanecer en la ciudad debido al precio de la vivienda y a la falta de empleo estable.

El resultado es un barrio con mucha población mayor, pero que conserva una intensa vida cotidiana. El centro de salud, la parroquia, los colegios, los parques y la asociación vecinal forman una red de relaciones que ayuda a sostener la convivencia.

La Asociación de Vecinos Manuel de Falla–La Laguna pertenece a la primera generación de entidades vecinales surgidas en extramuros. Su labor fue decisiva para reclamar el asfaltado de las calles, la mejora del alumbrado, la creación de aparcamientos y la construcción de equipamientos.

Muchas de las transformaciones del barrio no pueden entenderse sin esa movilización.

El agua permanece en la memoria

A pesar de la urbanización, La Laguna no ha podido desprenderse completamente de su origen. La zona continúa siendo vulnerable durante los episodios de lluvia intensa. La topografía y la capacidad limitada de las redes de evacuación han provocado históricamente acumulaciones de agua e inundaciones puntuales.

Durante años se han estudiado diferentes proyectos de drenaje y depósitos de tormentas. También se han realizado mejoras en los colectores y se ha instalado un sistema perimetral para facilitar la evacuación del agua.

La cuestión no es menor. En una zona tan densamente construida, sin suelo disponible para absorber la lluvia, cualquier episodio meteorológico intenso pone a prueba toda la infraestructura urbana.

El agua que dio nombre al barrio sigue recordando que, debajo del asfalto y los edificios, permanece la antigua laguna.

Los últimos chalés

Todavía sobreviven algunas casas que permiten imaginar cómo fue este lugar. Se encuentran principalmente en calles como Pintor Ribera, Velázquez o Pintor Zuloaga. Son construcciones cada vez más excepcionales, rodeadas de bloques que multiplican su altura y su capacidad residencial.

Algunas permanecen cerradas; otras fueron transformadas en comercios, academias o consultas profesionales. Cuando una sale al mercado, su valor no depende únicamente de la vivienda, sino también de la posibilidad de derribarla y construir varias plantas.

Cada chalé desaparecido supone la pérdida de una pieza de la memoria urbana de La Laguna. No todos poseen un valor arquitectónico excepcional, pero juntos explicaban una forma de habitar Cádiz que prácticamente ha desaparecido.

El debate no consiste solamente en conservar edificios. También obliga a preguntarse cuánto puede seguir densificándose un barrio que ya dispone de muy poco espacio libre.


Información

Pintor Clemente de Torres, la plaza compartida

La plaza Pintor Clemente de Torres ofrece al barrio uno de sus espacios más cercanos para el descanso y la convivencia. Bajo la sombra de los árboles, los bancos reúnen a los mayores mientras los niños llenan de movimiento la zona de juegos. En una Laguna de edificios y calles densamente habitadas, esta plaza supone un pequeño refugio para la vida en común.

«Una plaza cobra vida cuando cada generación encuentra en ella su lugar».


Las pequeñas huellas del camino

Recorrer Cádiz de la mano, barrio a barrio, también levanta alguna pequeña ampolla. En una farmacia de La Laguna, Ana María hace una breve parada para aliviar el pie antes de continuar el paseo. Una escena espontánea que muestra la cara más humana del recorrido y la cercanía de esos establecimientos siempre dispuestos a ayudar al vecindario.

«Caminar una ciudad deja huellas en la memoria…

y algunas veces también en los pies».


La salud, cerca de casa

El Centro de Salud La Laguna es uno de los servicios esenciales del barrio. Situado junto a la plaza Reina Sofía, presta atención primaria a una población numerosa y progresivamente envejecida. Su cercanía facilita el cuidado diario y lo convierte en un equipamiento imprescindible para muchas familias de La Laguna y de su entorno.

«Cuidar un barrio también significa cuidar la salud de quienes le dan vida».


Reina Sofía, el gran respiro de La Laguna

La plaza Reina Sofía reúne árboles, zona infantil y espacios de convivencia en uno de los pocos grandes claros de un barrio densamente construido. Bajo su superficie se encuentra un aparcamiento de 325 plazas, mientras que a su alrededor se concentran viviendas y servicios como el centro de salud. Una plaza concebida para responder a varias necesidades sin renunciar al encuentro vecinal.

«Cuando el espacio escasea, cada árbol y

cada rincón compartido adquieren un valor inmenso».

Hasta pronto, Reina Sofía

Ana María deja atrás la plaza Reina Sofía y continúa su recorrido entre los altos edificios de La Laguna. A un lado queda la vegetación del parque; al otro, los bloques, los comercios y los vehículos que definen el intenso paisaje urbano del barrio. Una despedida momentánea de uno de sus pocos espacios de sombra y convivencia.

«Todo camino continúa, pero hay lugares que invitan a volver».



Raíces junto al templo

Junto a la parroquia de San Servando y San Germán, la vegetación suaviza la firme presencia del hormigón. Ana María se detiene bajo las palmeras y los árboles de la plaza César Vallejo, en un rincón donde naturaleza, arquitectura y vida vecinal comparten el mismo espacio. Sus raíces parecen guardar silenciosamente parte de la memoria del barrio.

«También los árboles son testigos de la historia que crece a su alrededor».


Entre el jardín y la ciudad

La Laguna resume buena parte de la historia contemporánea de Cádiz. Nació cuando la ciudad buscaba espacio fuera de sus murallas. Creció con el estadio, las viviendas sociales y los grandes bloques. Se consolidó gracias al comercio, los colegios, el centro de salud y la movilización de sus vecinos.

En pocas décadas pasó de las huertas y los chalés a convertirse en un barrio vertical.

Aquella transformación proporcionó vivienda a miles de familias, pero dejó como herencia calles muy densas, escasas zonas verdes, problemas de aparcamiento y pocas posibilidades de expansión. Su futuro depende ahora de mejorar lo que ya existe: cuidar los espacios públicos, garantizar la accesibilidad, proteger los últimos testimonios de su pasado y adaptar el barrio a una población cada vez más envejecida.

La Laguna ya no es el paraje arbolado que conocieron sus primeros habitantes. Sin embargo, bajo sus bloques, sus comercios y el bullicio de los días de partido, permanece la memoria de aquel jardín junto al agua.

Un jardín sobre el que Cádiz decidió crecer”.

La Laguna, un barrio que permanece

Ana María se despide de La Laguna atravesando la plaza César Vallejo, ante la parroquia de San Servando y San Germán. Atrás queda un recorrido por calles llenas de comercio y vida cotidiana, plazas que buscan espacio entre los bloques y un estadio unido para siempre al corazón cadista. Nos marchamos de un barrio que cambió las huertas y los chalés por una ciudad vertical, pero que conserva en sus vecinos la cercanía de siempre.

«La Laguna creció hacia arriba,

pero su verdadera altura permanece en la memoria y el corazón de su gente».