CEUTA: "Aquí nadie lo está pasando bien"
CEUTA, ANTES QUE NADA
Ceuta es mucho más que las imágenes que durante estas semanas han ocupado informativos y titulares.
Es una ciudad mediterránea y fronteriza, construida entre dos continentes y enriquecida durante siglos por el encuentro de culturas, religiones y formas distintas de entender la vida.
Una ciudad de calles llenas de historia, de arquitectura, de mar y de una identidad profundamente propia. Cristianos, musulmanes, judíos e hindúes forman parte de una convivencia que ha contribuido a construir la Ceuta contemporánea.
Y eso es precisamente lo primero que encontramos al llegar.
Una ciudad bella. Una ciudad viva. Una ciudad que continúa con su vida mientras atraviesa uno de sus momentos más difíciles.
Por eso, antes de fotografiar la crisis, quisimos mirar a Ceuta.
"Porque sería injusto contar únicamente lo que hoy le duele sin contar también lo que es".
DOS ACAMPADAS, UNA MISMA CIUDAD
A pocos kilómetros de distancia, dos grupos de personas duermen bajo tiendas de campaña. Las razones son distintas, pero ambos esperan respuestas.
Frente a la Delegación del Gobierno, ciudadanos ceutíes mantienen una acampada para expresar su preocupación por la situación que atraviesa la ciudad y reclamar la recuperación de la normalidad.
Tienen casa, pero han decidido dormir aquí para hacerse visibles.
En otra parte de Ceuta, junto al mar, encontramos una realidad completamente diferente.
Tiendas improvisadas, plásticos, mantas y estructuras levantadas con lo que se ha podido encontrar ocupan parte de la playa. Para muchas de las personas migrantes que permanecen allí, ese pequeño espacio se ha convertido temporalmente en dormitorio, cocina y refugio.
Dos fotografías. Dos acampadas.
En una, personas que tienen una casa duermen en tiendas para pedir respuestas.
En la otra, personas duermen en tiendas mientras esperan una respuesta.
No son situaciones equivalentes. Pero las dos forman parte de la Ceuta que encontramos.
Y quizá juntas expliquen mejor que muchas palabras la complejidad de esta ciudad en estos momentos.
«Dos acampadas. Dos realidades distintas. Una misma ciudad esperando respuestas.»
CRUZAR EL ESTRECHO
Algeciras queda atrás. Ceuta comienza a dibujarse al otro lado del cristal. Empieza un viaje para mirar, escuchar y comprender.
El día comienza a bordo del ferry.
Desde uno de sus ventanales, Ana María Sanjuán observa cómo dejamos atrás Algeciras. Sabemos lo que hemos leído y visto durante las últimas semanas, pero hoy queremos acercarnos sin una conclusión escrita de antemano.
Después de cruzar el Estrecho, Ceuta aparece.
Primero el puerto. Después los edificios extendiéndose hacia las laderas y, al fondo, las montañas.
Desde el barco todavía no vemos campamentos, tensión ni emergencia.
Vemos simplemente una ciudad junto al mar.
Y queremos comenzar precisamente ahí: conociendo Ceuta antes de contar lo que le está sucediendo.
«Entre Algeciras y Ceuta hay unos kilómetros de mar.
La verdadera distancia comienza cuando desembarcas y empiezas a mirar.»
MUELLE DE PONIENTE: CUANDO EL PUERTO SE CONVIERTE EN REFUGIO
Nuestras primeras imágenes después de desembarcar nos conducen hasta el dispositivo temporal levantado en el Puerto de Ceuta. Detrás de las vallas, unas 1.700 personas han encontrado un lugar donde dormir. Fuera, la vida continúa esperando.
Todavía estamos prácticamente en el puerto cuando la realidad que hemos venido a documentar aparece delante de nosotros.
Grandes carpas blancas ocupan parte del Muelle de Poniente. Fueron levantadas para ofrecer alojamiento temporal a personas migrantes que permanecían en distintos puntos de Ceuta. Aquí se habilitaron espacios para dormir, comer, asearse y recibir atención básica.
Apenas diez días antes de nuestra visita, el 18 de septiembre, unas 1.700 personas fueron trasladadas hasta estas instalaciones desde las playas de Benítez y El Trampolín. Las plazas disponibles quedaron completas en pocas horas.
Nosotros encontramos otra escena.
Personas caminando junto a los muros del puerto. Un hombre sentado en el suelo, apoyado contra la valla. Ropa tendida junto a los módulos. Gente entrando y saliendo de las carpas.
Y unos jóvenes corriendo.
Uno descubre nuestra cámara, sonríe y levanta la mano.
Por un instante desaparecen las palabras crisis, migración y emergencia.
Solo vemos a unos chicos corriendo.
Pero detrás permanecen las carpas, las vallas y una instalación que recuerda inmediatamente por qué están aquí.
Este será uno de los contrastes que nos acompañará durante toda la jornada: la vida intentando continuar dentro de una situación que permanece sin resolverse. Y apenas acabamos de llegar.
«Detrás de cada valla hay una historia.
Delante de cada cifra, una persona esperando.»
PLAYA BENITEZ: UNA CIUDAD NACIDA DE LA ESPERA
Dejamos atrás el puerto y llegamos a la playa del Trampolín. Aquí las tiendas oficiales desaparecen. En su lugar encontramos lonas, maderas, cartones y telas levantadas a pocos metros del mar.
Lo que encontramos impresiona por sus dimensiones.
Durante semanas, miles de personas han ido construyendo en esta playa un lugar donde poder dormir mientras esperan una salida a su situación. Tras el traslado de 1.700 personas al dispositivo del puerto, muchas otras continuaron en esta zona al no disponer de plaza.
Pero cuando caminamos entre ellas descubrimos algo que una fotografía general apenas puede explicar.
Aquí también se ha creado vida.
Entre las chabolas improvisadas alguien conversa, otro ordena sus pertenencias, algunos intentan conseguir comida y otros simplemente esperan.
Y junto al muro, frente al mar, encontramos una barbería sin paredes.
Una silla. Una capa azul. Una caja de plástico convertida en mesa. Tijeras, peines y una máquina de cortar el pelo. Nada más.
Una escena cotidiana en mitad de un lugar que no debería haberse convertido en cotidiano.
Porque incluso cuando casi todo es provisional, las personas continúan necesitando reconocerse frente a un espejo, hablar, trabajar, ayudarse y conservar pequeños gestos de normalidad.
Eso es quizá lo que más nos golpea al entrar en El Trampolín: no estamos contemplando solamente un campamento. Estamos viendo cómo las personas intentan construir una vida mientras esperan poder continuar la suya.
«Cuando la espera se alarga demasiado,
hasta lo provisional termina pareciéndose a un hogar.»
15 Y 17 AÑOS. AL OTRO LADO, MAMÁ
Dos primos. Tetuán quedó atrás. Málaga es el nombre que le han puesto al futuro.
Tienen 15 y 17 años. Son primos.
Nos cuentan que llegaron a Ceuta nadando y que llevan cerca de sesenta días esperando.
Ana María se acerca. Apenas comparten idioma, pero hay preguntas que no necesitan demasiadas palabras.
—¿Dónde está vuestra madre?
En Tetuán.
—¿Queréis volver con ella?
Niegan con la cabeza.
Quieren seguir. Quieren llegar a Málaga. Dicen que allí tienen familia.
Y durante unos segundos cuesta recordar que estamos hablando con dos menores.
Porque cuando tienes quince años, sesenta días deberían medirse en clases, amigos, partidos, enfados y regresos a casa.
No en noches lejos de tu madre. No en fronteras. No en esperar que alguien decida dónde puedes empezar de nuevo.
Ellos miran hacia Málaga. Su madre, quizá, siga mirando hacia Ceuta.
"Hay distancias que no se miden en kilómetros.
A veces caben enteras entre un hijo y su madre".
CEUTA DESDE EL COCHE
Durante horas, Juan Antonio Soto nos acompaña por la ciudad. Conoce Ceuta, ha nacido aquí y nos lleva por lugares que difícilmente habríamos encontrado solos.
Desde el coche, Soto habla y Ana María escucha. Pero basta mirar por las ventanillas para comprender parte de lo que nos está contando.
En algunas calles encontramos grupos de jóvenes sentados en las aceras, descansando, mirando sus teléfonos o simplemente dejando pasar las horas. Más adelante, pequeñas construcciones levantadas con plásticos, cartones, maderas y todo aquello que puede servir para protegerse.
No sabemos la historia de cada uno. Tampoco queremos imaginarla.
Soto conduce y nos va mostrando su ciudad durante casi siete horas. Una ciudad que conoce desde siempre y que ahora observa con preocupación. Él también desea que la tensión termine y que Ceuta pueda recuperar su normalidad.
Estas fotografías están tomadas casi al paso. Y quizá por eso cuentan tanto: no buscamos la escena; la escena aparece mientras recorremos Ceuta.
«Hay lugares que se visitan.
Otros necesitan que alguien que los ama te enseñe también aquello que duele.»
EL TRAMPOLÍN: UNA PLAYA CONVERTIDA EN CAMPAMENTO
Desde lo alto aparece ante nosotros una imagen difícil de abarcar. La playa prácticamente desaparece bajo cientos de refugios improvisados. El mar continúa llegando a la orilla; detrás, miles de personas intentan organizar su día.
Hasta este momento habíamos visto grupos, pequeñas chabolas y personas caminando. Desde aquí entendemos la dimensión.
Es la playa del Trampolín, uno de los principales puntos donde se han asentado quienes permanecen en Ceuta tras las llegadas de finales de julio.
Lonas, cañas, cartones, tiendas de campaña, sombrillas, colchones y materiales encontrados se suceden junto al mar. Entre ellos se abren pequeños caminos por los que la gente entra, sale, conversa o simplemente espera.
En un extremo, varios vehículos policiales permanecen desplegados. En otro, unos jóvenes se bañan entre las rocas. Hay quienes descansan junto a la carretera y quienes han construido su refugio prácticamente pegado al muro.
La imagen resulta especialmente dura por algo muy sencillo: todo sucede al mismo tiempo.
El tráfico continúa por la N-354. Los barcos navegan al fondo. Las olas siguen rompiendo contra las rocas. Y en medio de esa aparente normalidad, una playa ha dejado temporalmente de ser solo una playa para convertirse en el lugar donde muchas personas duermen, comen y esperan.
Desde arriba ya no distinguimos historias individuales. Vemos la magnitud. Después bajaremos y volveremos a encontrar los rostros.
«Desde lejos parece un campamento.
Cuando bajas hasta la orilla, vuelve a estar hecho de personas.»
EL TRAMPOLÍN: APRENDER A VIVIR MIENTRAS SE ESPERA
En la gran explanada junto al mar, la precariedad se ha convertido en rutina. Se cose, se lava, se cocina, se pesca, se juega al fútbol, se corta el pelo. Y también se ríe. Porque incluso cuando casi todo es provisional, la vida se empeña en seguir siendo vida.
Hay un momento en El Trampolín en el que dejamos de mirar las tiendas y empezamos a mirar a las personas.
La explanada es enorme. Sobre la tierra se extienden refugios construidos con lo que ha sido posible encontrar: tiendas, lonas, mantas, plásticos, cartones, maderas y estructuras hechas con cañas. La carretera N-354 pasa junto a ellos y el mar permanece al otro lado, inmenso, hermoso y contradictorio.
Pero cuando entramos un poco más, descubrimos algo que ninguna panorámica consigue explicar.
Aquí se está viviendo.
No como debería vivir nadie. No en unas condiciones que puedan confundirse con normalidad. Pero se vive.
Dos hombres se sientan juntos para coser una prenda. Las manos trabajan despacio sobre la tela. Algo se ha roto y hay que repararlo porque quizá no exista otra ropa con la que sustituirlo.
Un poco más adelante alguien reúne cañas. Otros las cortan, las atan y levantan con ellas el esqueleto de un nuevo refugio. Lo que en cualquier otro lugar podría ser simplemente vegetación, aquí termina convertido en pared, techo o soporte.
En el suelo, unas piedras rodean un pequeño fuego. Un hombre se agacha y aviva las llamas con un trozo de cartón. Hay que cocinar. Y para cocinar primero hay que conseguir que arda algo.
La ropa cuelga de cuerdas y de las propias estructuras de los refugios. Se lava, se tiende, se vuelve a utilizar.
En unas duchas abiertas junto al mar, decenas de hombres esperan, se asean, llenan recipientes, lavan sus cuerpos y sus prendas. La intimidad, aquí, parece haberse convertido también en un lujo.
Y aparece incluso una pequeña barbería.
Una silla. Una máquina de cortar el pelo. Un cartel improvisado. Alguien espera su turno mientras otros observan y conversan.
Por unos minutos, aquella explanada podría parecer cualquier barrio del mundo.
Hasta que levantamos la mirada.
Y siguen allí las lonas.
Los plásticos.
Las tiendas.
La tierra.
La incertidumbre.
Entonces rueda un balón.
Y todo vuelve a cambiar.
Un grupo comienza a jugar al fútbol sobre la explanada. No hay césped, porterías ni líneas pintadas. Tampoco parecen hacer falta. Corren detrás de la pelota mientras otros miran desde las barreras de hormigón.
Durante unos minutos no hay fronteras.
Hay un balón.
Y unos muchachos jugando.
Junto al mar ocurre otra escena. Varias personas avanzan sobre las rocas con largas cañas de pescar. No es únicamente entretenimiento. Aquí el mar también puede convertirse en una forma de conseguir alimento.
Y quizá sean precisamente esas escenas pequeñas las que más cuestan olvidar.
Porque también hubo risas.
Cuando algunos descubrieron la cámara comenzaron las bromas. Uno se tapaba el rostro mientras los demás reían. Otro miraba directamente al objetivo. Durante unos segundos dejaron de ser fotografiados como parte de una emergencia y simplemente jugaron con quien estaba detrás de la cámara.
Y sonrieron.
Eso también ocurrió en El Trampolín.
No debemos borrarlo.
Porque sonreír no significa que todo vaya bien. Jugar al fútbol no convierte una explanada en un hogar. Cortarse el pelo no elimina la incertidumbre. Coser una camiseta no repara una vida. Y levantar una tienda más resistente no significa haber encontrado un lugar donde quedarse.
Significa otra cosa mucho más sencilla:
seguir adelante con lo que se tiene.
Aquí también conocemos a uno de los jóvenes que se acerca y habla con nosotros. Nos cuenta parte de su recorrido: había vivido en Barcelona y después en Francia. Ahora está aquí, en esta explanada junto al mar.
Su historia nos recuerda algo que una fotografía nunca puede explicar por sí sola: cada una de las personas que aparece ante nuestro objetivo tenía una vida antes de llegar hasta aquí.
Una ciudad.
Una familia.
Un trabajo quizá.
Amigos.
Errores.
Sueños.
Una historia que desconocemos.
Por eso seguimos fotografiando.
No para convertirlos en héroes. Tampoco en víctimas.
Simplemente para devolverles algo que las grandes cifras suelen arrebatarles: su condición de personas.
Cuando abandonamos aquella explanada, detrás quedan el sonido del balón golpeando la tierra, unas tijeras cortando el pelo, ropa secándose al viento, humo levantándose de un pequeño fuego y varias cañas apuntando hacia el mar.
La vida continúa allí.
Extraña, improvisada, incierta.
Pero continúa.
«Cuando casi todo es provisional, hasta los gestos más pequeños —coser una camiseta, encender un fuego, perseguir un balón o regalar una sonrisa— pueden convertirse en una manera de seguir siendo uno mismo.»
REGRESAR CON LO QUE CABE EN UNA BOLSA
Después de sesenta días, el sueño termina en el mismo lugar donde comenzó: al otro lado.
Camina despacio.
En una mano, una bolsa de plástico.
Dentro, lo poco que lleva consigo.
Detrás quedan casi dos meses de espera. Días y noches imaginando que quizá mañana llegaría una respuesta. Que quizá mañana cambiaría algo.
Pero ese mañana no llegó.
Hoy ha decidido regresar a Marruecos.
No sabemos todo lo que dejó allí cuando emprendió el camino. Tampoco sabemos exactamente qué esperaba encontrar aquí.
Solo sabemos lo que nos cuenta: no puede más.
Y entonces regresar deja de parecer una derrota o una victoria.
Es simplemente una decisión.
La de una mujer cansada de esperar sin saber qué será de ella.
La vemos alejarse entre las tiendas improvisadas y las personas que todavía permanecen allí.
No lleva maletas.
No hay despedidas.
No hay nadie esperando en una puerta de embarque.
Solo una mujer caminando hacia el lugar del que un día decidió marcharse.
Y una bolsa de plástico que parece demasiado pequeña para guardar sesenta días de vida.
"Hay viajes que comienzan buscando un futuro.
Y regresos en los que todo el futuro cabe en una bolsa".
AL OTRO LADO DE LA VERJA
Centro Ecuestre Ciudad de Ceuta. Dentro, un recurso temporal de acogida para mujeres y niñas. Fuera, otras mujeres y menores continúan esperando.
Dejamos atrás El Trampolín y encontramos otra imagen de esta crisis.
El cartel no deja dudas: Centro Ecuestre Ciudad de Ceuta. Un espacio dedicado hasta hace pocas semanas a la actividad hípica ha tenido que transformar parte de sus instalaciones para acoger temporalmente a mujeres y niñas. RTVE.es
Detrás de la verja cuelga ropa recién lavada. Camisetas, pantalones, toallas, prendas de niños. Pequeños rastros de vida cotidiana ocupando un lugar que nunca fue pensado para convertirse en alojamiento.
Y delante de esa verja, otra realidad.
Tiendas de campaña junto a la carretera. Algunas mujeres permanecen sentadas. Hay niños. Esperan.
Una mujer camina junto a un pequeño. Los árboles casi los esconden. Detrás de ellos está el edificio; delante, el camino.
La fotografía no nos permite saber si esa mujer y ese niño están alojados dentro, esperan una plaza o simplemente atraviesan el lugar. Y no necesitamos inventarlo.
Porque la imagen ya contiene suficiente.
Una verja.
Ropa tendida.
Una madre.
Un niño.
Y una crisis que ha obligado a transformar incluso los espacios cotidianos de una ciudad para intentar encontrar sitio a quienes todavía lo necesitan.
Aquí tampoco encontramos una escena extraordinaria.
Encontramos algo quizá más difícil de mirar: la espera convertida en paisaje.
«A veces una frontera no está entre dos países.
Puede ser simplemente una verja y unos pocos metros entre tener un lugar donde dormir y continuar esperando.»
BENZÚ: DONDE LA FRONTERA SE HACE PAISAJE
Desde el mirador de Benzú, Ceuta mira directamente hacia Marruecos. Frente a nosotros, el Yebel Musa dibuja sobre la costa la silueta que los ceutíes conocen como la Mujer Muerta o la Mujer Dormida.
Seguimos nuestro recorrido hasta Benzú. Aquí el paisaje es extraordinario, pero también resulta imposible separar lo que vemos de todo lo vivido durante el día.
Delante aparece la costa marroquí. El mar parece unir ambos lados mientras la frontera recuerda que pertenecen a dos países diferentes.
Sobre Marruecos se levanta el Yebel Musa. Desde Benzú, su perfil dibuja una enorme figura humana recostada frente al Estrecho. Es la Mujer Dormida, también llamada por muchos ceutíes la Mujer Muerta, una de las imágenes más reconocibles de este extremo de Ceuta.
Nos detenemos a contemplarla.
Después de haber hablado con jóvenes que cruzaron el mar, de caminar entre campamentos improvisados y de escuchar historias de personas que esperan poder continuar su camino, mirar hacia Marruecos adquiere otro significado.
Desde aquí todo parece cercano.
Las casas. La montaña. La otra orilla.
Y, sin embargo, durante este viaje hemos aprendido que unos pocos metros pueden convertirse en una distancia inmensa cuando una frontera atraviesa la vida de una persona.
Más tarde subimos y Ceuta aparece ante nosotros completa. Juan Antonio Soto y Ana María permanecen frente al paisaje observando en silencio la ciudad que llevamos horas recorriendo.
Desde lo alto ya no distinguimos las tiendas, las bolsas, las cañas de pescar ni los pequeños fuegos donde vimos preparar comida. Tampoco las caras.
Solo aparece Ceuta.
Hermosa. Mediterránea. Abierta al mar.
Quizá necesitábamos verla así antes de terminar nuestro recorrido. Porque contar lo que está sucediendo no significa olvidar lo que Ceuta es.
Ana María vuelve a mirar la ciudad.
Y nosotros, detrás de la cámara, comprendemos que después de tantas fotografías todavía queda una última imagen que no puede hacerse: la de todo lo que cada persona se lleva por dentro después de haber estado aquí.
«Desde Benzú, dos orillas parecen estar al alcance de la mano.
Pero hay distancias que ningún paisaje consigue mostrar.»
SAN ANTONIO: AL OTRO LADO DE LA VALLA
Continuamos recorriendo Ceuta y encontramos otra realidad. En el entorno del Centro San Antonio, un grupo de personas de origen subsahariano permanece entre las instalaciones y las calles próximas.
Las vallas vuelven a aparecer en nuestras fotografías.
Detrás, personas caminando, ropa tendida, edificios y una larga hilera de hombres. Delante, otros continúan su camino o esperan sentados junto a una pared.
Aquí las imágenes son diferentes a las que acabamos de dejar en El Trampolín.
Ya no encontramos las grandes extensiones de refugios levantados con cañas y plásticos. Encontramos un centro destinado a la atención de personas migrantes y, alrededor, pequeños grupos que forman parte de esa otra geografía humana que durante todo el día vamos descubriendo en Ceuta.
Tres hombres descansan sobre una acera. Una mochila, un teléfono, un vaso. Poco más necesita la fotografía para contar la espera.
No sabemos cuánto llevan allí ni cuál será su próximo destino. Y no necesitamos inventarlo.
Durante unas horas hemos visto muchas procedencias, edades y circunstancias diferentes. La palabra migrante parece reunirlas a todas bajo un mismo nombre, pero cuando uno se acerca descubre que no existe una sola historia de migración.
Cada rostro trae la suya.
Y sobre un muro amarillo encontramos finalmente un pequeño cartel: Punto de Atención a Inmigrantes.
Después de todo lo fotografiado durante el día, cuatro palabras que parecen sencillas adquieren un significado mucho mayor.
«Una palabra puede llamarlos migrantes.
Una fotografía vuelve a recordarnos que cada uno llegó hasta aquí con su propia historia.»