VISIBLES

Cuando la calle dejó de ser un lugar de paso

Comencé en Cádiz y continué mi camino por distintos lugares de España, compartiendo experiencias con personas sin hogar. Un recorrido que cambió mi manera de entender una realidad que tantas veces tenemos delante y que, sin embargo, apenas miramos.

Hay experiencias que no terminan cuando regresamos a casa. Permanecen en nuestra memoria y, en ocasiones, modifican nuestra manera de entender la vida.

Para mí, una de esas experiencias tiene un nombre: Visibles.

Aunque quizás todo comenzara mucho antes, hace unos cuarenta años, en Japón, cuando me acerqué a una persona que vivía en la calle. Todavía recuerdo su rostro y su olor. No sé por qué aquel encuentro permaneció tanto tiempo en mi memoria, pero nunca lo olvidé.

Muchos años después decidí conocer de cerca qué significaba vivir sin un hogar. No desde las estadísticas, los informes o las noticias, sino compartiendo tiempo y espacio con quienes se enfrentan diariamente a esa realidad.

Comencé en Cádiz, mi ciudad. Era enero.

Las calles que tantas veces había recorrido y fotografiado comenzaron a mostrarme otra realidad. Los soportales, las plazas y los bancos dejaron de ser simples lugares de paso para convertirse en espacios donde intentar descansar, protegerse del frío o encontrar algo de tranquilidad.

Después continué mi recorrido por otros lugares de España.

Pronto comprendí que vivir en la calle no consiste únicamente en carecer de una vivienda.

Es vivir expuesto.

A las miradas, a la indiferencia, al miedo y a una incertidumbre que acompaña cada jornada.

Conocí personas con nombres, recuerdos, familias, heridas y sueños. Personas que habían tenido otras vidas antes de llegar a la calle.

Algunas querían hablar. Otras preferían guardar silencio.

Y aprendí algo importante: no siempre es necesario preguntar. A veces, basta con estar.

También hubo momentos difíciles. Durante mi recorrido por otras ciudades sufrí el robo de mi cámara y una agresión. Experiencias que me hicieron comprender de una manera muy directa algunas de las situaciones de vulnerabilidad y violencia que pueden vivirse en la calle.

Pero también encontré generosidad, conversaciones sinceras y personas capaces de compartir lo poco que tenían.

Aquella convivencia cambió mi manera de mirar.

Dejé de pensar en las personas sin hogar como un colectivo para comenzar a reconocerlas como individuos, cada uno con su propia historia.

Comprendí que detrás de muchas situaciones de exclusión existen pérdidas, rupturas y circunstancias personales que difícilmente pueden explicarse con unas pocas palabras.

Y que nadie debería quedar reducido a la situación que atraviesa.

Cuando terminó aquella experiencia, regresé a casa.

Tenía una puerta que cerrar, una cama donde dormir y la tranquilidad de saber que, al despertar, seguiría teniendo un lugar al que pertenecer.

Muchas de las personas que había conocido continuaban en la calle.

Esa diferencia fue una de las cosas que más me costó olvidar.

Hoy, cuando camino por Cádiz o por cualquier otra ciudad y encuentro a alguien viviendo en la calle, sé que detrás de esa presencia existe una historia que desconozco.

Una persona que merece ser escuchada y reconocida.

Porque quizás la verdadera invisibilidad no consiste en que nadie nos vea, sino en que los demás hayan dejado de reconocernos como personas.

«No necesitaban que los hiciera visibles. Siempre lo habían sido. Era nuestra mirada la que tenía que cambiar».

PacodlaCorte | Agenda Cádiz