CEUTA: "Aquí nadie lo está pasando bien"
IGUALES ANTE LA LEY
En medio de una ciudad donde conviven tantas procedencias, culturas y realidades, unas palabras permanecen escritas en piedra. Quizá no estén ahí solo para ser leídas, sino para recordarnos lo que nunca debería olvidarse.
«Los españoles son iguales ante la ley…»
CEUTA NO SE VENDE, SE DEFIENDE
Para comprender lo que siente parte del pueblo ceutí hay que intentar, aunque solo sea por un instante, ponerse en su lugar.
Imagina que estás en casa.
Pero tu casa no son solo cuatro paredes.
Es la calle por la que caminas cada mañana. La playa donde creciste. El parque donde juegan tus hijos. El comercio donde conocen tu nombre. Tu trabajo, tus vecinos, tus recuerdos.
Tu casa es la certeza de pertenecer a un lugar.
Ahora imagina que, en muy poco tiempo, todo comienza a cambiar.
No sabes cuánto durará. No sabes qué ocurrirá mañana. Y aquello que siempre consideraste cotidiano empieza a llenarse de incertidumbre.
Esto encontramos en Ceuta.
Familias preocupadas. Vecinos cansados. Personas que sienten que sus barrios han cambiado y que empiezan a hacerse una pregunta que nunca imaginaron:
¿Y si algún día tengo que marcharme de mi propia casa?
Pero Ceuta permanece detrás de cada persiana que vuelve a levantarse.
Está en sus comerciantes, autónomos y empresas. En quienes generan empleo. En los profesionales sanitarios, docentes, trabajadores sociales, empleados públicos y fuerzas y cuerpos de seguridad.
En todas esas personas que, a pesar de la incertidumbre, siguen levantándose cada mañana para mantener viva su ciudad.
Por eso entendimos mejor una frase que encontramos en sus calles:
«CEUTA NO SE VENDE, SE DEFIENDE»
Defender Ceuta no debería significar enfrentarse a quien llegó. Significa escuchar a quienes estaban.
Escuchar su cansancio. Sus preocupaciones. Su necesidad de recuperar la tranquilidad. Su derecho a preguntarse por el futuro de sus familias, sus trabajos, sus barrios y su ciudad.
Porque reconocer el sufrimiento de quien llega no obliga a silenciar el sufrimiento de quien estaba.
Una realidad no borra la otra.
Ceuta es una casa compartida. Y defender una casa no debería consistir en buscar culpables, sino en cuidar a sus personas, su convivencia, su trabajo, sus barrios y su futuro.
Después de caminar por sus calles y escuchar a unos y a otros, aquel lema adquiere para nosotros otro significado:
Ceuta no se vende.
Ceuta se escucha.
Ceuta se cuida.
Y Ceuta se defiende.
CEUTA, ANTES QUE NADA
Ceuta es mucho más que las imágenes que durante estas semanas han ocupado informativos y titulares.
Es una ciudad mediterránea y fronteriza, construida entre dos continentes y enriquecida durante siglos por el encuentro de culturas, religiones y formas distintas de entender la vida.
Una ciudad de calles llenas de historia, de arquitectura, de mar y de una identidad profundamente propia. Cristianos, musulmanes, judíos e hindúes forman parte de una convivencia que ha contribuido a construir la Ceuta contemporánea.
Y para quienes llegamos desde Cádiz tampoco es una ciudad ajena. Cádiz y Ceuta están hermanadas desde 1985; dos ciudades unidas por el mar, la historia y una mirada compartida hacia el Estrecho.
Y eso es precisamente lo primero que encontramos al llegar.
Una ciudad bella. Una ciudad viva. Una ciudad que intenta continuar con su vida mientras atraviesa uno de sus momentos más difíciles.
Por eso, antes de fotografiar la crisis, quisimos mirar a Ceuta.
«Porque sería injusto contar únicamente lo que hoy le duele sin contar también lo que es».
DOS ACAMPADAS, UNA MISMA CIUDAD
A pocos kilómetros de distancia, dos grupos de personas duermen bajo tiendas de campaña. Las razones son distintas, pero ambos esperan respuestas.
Frente a la Delegación del Gobierno, ciudadanos ceutíes mantienen una acampada para expresar su preocupación por la situación que atraviesa la ciudad y reclamar la recuperación de la normalidad.
Han decidido dormir aquí para hacerse visibles.
En otra parte de Ceuta, junto al mar, encontramos una realidad completamente diferente.
Tiendas improvisadas, plásticos, mantas y estructuras levantadas con lo que se ha podido encontrar ocupan parte de la playa. Para muchas de las personas migrantes que permanecen allí, ese pequeño espacio se ha convertido temporalmente en dormitorio, cocina y refugio.
Dos fotografías. Dos acampadas.
En una, ceutís que duermen en tiendas mientras piden soluciones.
En la otra, migrantes que duermen en tiendas mientras piden soluciones.
No son situaciones equivalentes. Pero las dos forman parte de la Ceuta que encontramos.
Y quizá juntas expliquen mejor que muchas palabras la complejidad de esta ciudad en estos momentos.
«Dos acampadas. Dos realidades distintas. Una ciudad esperando respuestas.»
CEUTA: AQUÍ NADIE LO ESTÁ PASANDO BIEN
PARTE I · CEUTA, ANTES QUE NADA
Antes de hablar de crisis, fronteras o campamentos, hay que hablar de Ceuta. De la ciudad. De su historia. De su gente. De una tierra acostumbrada desde hace generaciones a convivir mirando al Mediterráneo y al otro lado del Estrecho.
Llegamos a Ceuta intentando desprendernos de las imágenes que durante semanas habían ocupado informativos, periódicos y redes sociales.
Queríamos mirar nosotros.
Caminar sus calles. Escuchar. Preguntar. Fotografiar.
Y la primera sorpresa fue descubrir algo tan evidente como frecuentemente olvidado: Ceuta es mucho más que una frontera.
Es una ciudad luminosa, mediterránea, hermosa y profundamente diversa. Cristianos, musulmanes, judíos e hindúes forman parte de una convivencia que ha terminado convirtiéndose en una de sus señas de identidad.
En sus calles encontramos arquitectura, comercio, jardines, plazas, barriadas, templos, mercados y un puerto desde el que el horizonte parece estar siempre presente.
También encontramos una ciudad que continúa viviendo.
Personas trabajando. Familias paseando. Comercios abiertos. Autobuses atravesando las avenidas. Niños. Mayores. Jóvenes sentados frente al mar.
La vida cotidiana.
Pero basta comenzar a alejarse del centro para que otra Ceuta vaya apareciendo.
Primero son pequeños grupos de jóvenes caminando por las calles.
Después llegan las tiendas.
Las lonas.
Los colchones.
La ropa tendida.
Las vallas.
Y finalmente los grandes asentamientos.
Entonces comprendemos que las noticias que habíamos visto desde la Península tenían aquí otra dimensión.
Porque una cosa es observar una imagen desde cientos de kilómetros de distancia y otra muy distinta detener el coche, bajar, caminar y encontrarte delante de las personas que forman parte de ella.
Durante horas recorrimos playas, carreteras, centros de acogida, barriadas, polígonos y frontera.
Encontramos jóvenes intentando continuar su camino.
Dos primos de 15 y 17 años que nos hablaron de su madre, todavía en Tetuán, y de Málaga como destino.
Encontramos mujeres que, después de semanas viviendo en aquellas condiciones, habían decidido regresar a Marruecos.
Vimos personas cocinar, lavar su ropa, coser, pescar, construir refugios con cañas, jugar al fútbol o cortarse el pelo.
También vimos sonrisas.
Y quisimos fotografiarlas.
Porque mostrar únicamente sufrimiento habría sido contar solo una parte de aquellas personas.
Pero nuestro viaje todavía tenía otra mitad.
La de quienes habían nacido allí.
La de quienes llevaban semanas observando cómo su ciudad cambiaba.
La de los ceutíes.
Y para escuchar esa otra voz tuvimos que llegar hasta el corazón de Ceuta, frente a la Delegación del Gobierno.
CRUZAR EL ESTRECHO
Algeciras queda atrás. Ceuta comienza a dibujarse al otro lado del cristal. Empieza un viaje para mirar, escuchar y comprender.
El día comienza a bordo del ferry.
Desde uno de sus ventanales, Ana María Sanjuán observa cómo dejamos atrás Algeciras. Sabemos lo que hemos leído y visto durante las últimas semanas, pero hoy queremos acercarnos sin una conclusión escrita de antemano.
Después de cruzar el Estrecho, Ceuta aparece.
Primero el puerto. Después los edificios extendiéndose hacia las laderas y, al fondo, las montañas.
Desde el barco todavía no vemos campamentos, tensión ni emergencia.
Vemos simplemente una ciudad junto al mar.
Y queremos comenzar precisamente ahí: conociendo Ceuta antes de contar lo que le está sucediendo.
«Entre Algeciras y Ceuta hay unos kilómetros de mar.
La verdadera distancia comienza cuando desembarcas y empiezas a mirar.»
MUELLE DE PONIENTE: CUANDO EL PUERTO SE CONVIERTE EN REFUGIO
Nuestras primeras imágenes después de desembarcar nos conducen hasta el dispositivo temporal levantado en el Puerto de Ceuta. Detrás de las vallas, unas 1.700 personas han encontrado un lugar donde dormir. Fuera, la vida continúa esperando.
Todavía estamos prácticamente en el puerto cuando la realidad que hemos venido a documentar aparece delante de nosotros.
Grandes carpas blancas ocupan parte del Muelle de Poniente. Fueron levantadas para ofrecer alojamiento temporal a personas migrantes que permanecían en distintos puntos de Ceuta. Aquí se habilitaron espacios para dormir, comer, asearse y recibir atención básica.
Apenas diez días antes de nuestra visita, el 18 de septiembre, unas 1.700 personas fueron trasladadas hasta estas instalaciones desde las playas de Benítez y El Trampolín. Las plazas disponibles quedaron completas en pocas horas.
Nosotros encontramos otra escena.
Personas caminando junto a los muros del puerto. Un hombre sentado en el suelo, apoyado contra la valla. Ropa tendida junto a los módulos. Gente entrando y saliendo de las carpas.
Y unos jóvenes corriendo.
Uno descubre nuestra cámara, sonríe y levanta la mano.
Por un instante desaparecen las palabras crisis, migración y emergencia.
Solo vemos a unos chicos corriendo.
Pero detrás permanecen las carpas, las vallas y una instalación que recuerda inmediatamente por qué están aquí.
Este será uno de los contrastes que nos acompañará durante toda la jornada: la vida intentando continuar dentro de una situación que permanece sin resolverse. Y apenas acabamos de llegar.
«Detrás de cada valla hay una historia.
Delante de cada cifra, una persona esperando.»
PLAYA BENITEZ: UNA CIUDAD NACIDA DE LA ESPERA
Dejamos atrás el puerto y llegamos a la playa del Trampolín. Aquí las tiendas oficiales desaparecen. En su lugar encontramos lonas, maderas, cartones y telas levantadas a pocos metros del mar.
Lo que encontramos impresiona por sus dimensiones.
Durante semanas, miles de personas han ido construyendo en esta playa un lugar donde poder dormir mientras esperan una salida a su situación. Tras el traslado de 1.700 personas al dispositivo del puerto, muchas otras continuaron en esta zona al no disponer de plaza.
Pero cuando caminamos entre ellas descubrimos algo que una fotografía general apenas puede explicar.
Aquí también se ha creado vida.
Entre las chabolas improvisadas alguien conversa, otro ordena sus pertenencias, algunos intentan conseguir comida y otros simplemente esperan.
Y junto al muro, frente al mar, encontramos una barbería sin paredes.
Una silla. Una capa azul. Una caja de plástico convertida en mesa. Tijeras, peines y una máquina de cortar el pelo. Nada más.
Una escena cotidiana en mitad de un lugar que no debería haberse convertido en cotidiano.
Porque incluso cuando casi todo es provisional, las personas continúan necesitando reconocerse frente a un espejo, hablar, trabajar, ayudarse y conservar pequeños gestos de normalidad.
Eso es quizá lo que más nos golpea al entrar en El Trampolín: no estamos contemplando solamente un campamento. Estamos viendo cómo las personas intentan construir una vida mientras esperan poder continuar la suya.
«Cuando la espera se alarga demasiado,
hasta lo provisional termina pareciéndose a un hogar.»
15 Y 17 AÑOS. AL OTRO LADO, MAMÁ
Dos primos. Tetuán quedó atrás. Málaga es el nombre que le han puesto al futuro.
Tienen 15 y 17 años. Son primos.
Nos cuentan que llegaron a Ceuta nadando y que llevan cerca de sesenta días esperando.
Ana María se acerca. Apenas comparten idioma, pero hay preguntas que no necesitan demasiadas palabras.
—¿Dónde está vuestra madre?
En Tetuán.
—¿Queréis volver con ella?
Niegan con la cabeza.
Quieren seguir. Quieren llegar a Málaga. Dicen que allí tienen familia.
Y durante unos segundos cuesta recordar que estamos hablando con dos menores.
Porque cuando tienes quince años, sesenta días deberían medirse en clases, amigos, partidos, enfados y regresos a casa.
No en noches lejos de tu madre. No en fronteras. No en esperar que alguien decida dónde puedes empezar de nuevo.
Ellos miran hacia Málaga. Su madre, quizá, siga mirando hacia Ceuta.
"Hay distancias que no se miden en kilómetros.
A veces caben enteras entre un hijo y su madre".
RECORRER PARA COMPRENDER
Durante horas, Juan Antonio Soto nos acompaña por la ciudad. Conoce Ceuta, ha nacido aquí y nos lleva por lugares que difícilmente habríamos encontrado solos.
Desde el coche, Soto habla y Ana María escucha. Pero basta mirar por las ventanillas para comprender parte de lo que nos está contando.
En algunas calles encontramos grupos de jóvenes sentados en las aceras, descansando, mirando sus teléfonos o simplemente dejando pasar las horas. Más adelante, pequeñas construcciones levantadas con plásticos, cartones, maderas y todo aquello que puede servir para protegerse.
No sabemos la historia de cada uno. Tampoco queremos imaginarla.
Soto conduce y nos va mostrando su ciudad durante casi siete horas. Una ciudad que conoce desde siempre y que ahora observa con preocupación. Él también desea que la tensión termine y que Ceuta pueda recuperar su normalidad.
Estas fotografías están tomadas casi al paso. Y quizá por eso cuentan tanto: no buscamos la escena; la escena aparece mientras recorremos Ceuta.
«Hay lugares que se visitan.
Otros necesitan que alguien que los ama te enseñe también aquello que duele.»
EL TRAMPOLÍN: UNA PLAYA CONVERTIDA EN CAMPAMENTO
Desde lo alto aparece ante nosotros una imagen difícil de abarcar. La playa prácticamente desaparece bajo cientos de refugios improvisados. El mar continúa llegando a la orilla; detrás, miles de personas intentan organizar su día.
Hasta este momento habíamos visto grupos, pequeñas chabolas y personas caminando. Desde aquí entendemos la dimensión.
Es la playa del Trampolín, uno de los principales puntos donde se han asentado quienes permanecen en Ceuta tras las llegadas de finales de julio.
Lonas, cañas, cartones, tiendas de campaña, sombrillas, colchones y materiales encontrados se suceden junto al mar. Entre ellos se abren pequeños caminos por los que la gente entra, sale, conversa o simplemente espera.
En un extremo, varios vehículos policiales permanecen desplegados. En otro, unos jóvenes se bañan entre las rocas. Hay quienes descansan junto a la carretera y quienes han construido su refugio prácticamente pegado al muro.
La imagen resulta especialmente dura por algo muy sencillo: todo sucede al mismo tiempo.
El tráfico continúa por la N-354. Los barcos navegan al fondo. Las olas siguen rompiendo contra las rocas. Y en medio de esa aparente normalidad, una playa ha dejado temporalmente de ser solo una playa para convertirse en el lugar donde muchas personas duermen, comen y esperan.
Desde arriba ya no distinguimos historias individuales. Vemos la magnitud. Después bajaremos y volveremos a encontrar los rostros.
«Desde lejos parece un campamento.
Cuando bajas hasta la orilla, vuelve a estar hecho de personas.»
EL TRAMPOLÍN: APRENDER A VIVIR MIENTRAS SE ESPERA
En la gran explanada junto al mar, la precariedad se ha convertido en rutina. Se cose, se lava, se cocina, se pesca, se juega al fútbol, se corta el pelo. Y también se ríe. Porque incluso cuando casi todo es provisional, la vida se empeña en seguir siendo vida.
Hay un momento en El Trampolín en el que dejamos de mirar las tiendas y empezamos a mirar a las personas.
La explanada es enorme. Sobre la tierra se extienden refugios construidos con lo que ha sido posible encontrar: tiendas, lonas, mantas, plásticos, cartones, maderas y estructuras hechas con cañas. La carretera N-354 pasa junto a ellos y el mar permanece al otro lado, inmenso, hermoso y contradictorio.
Pero cuando entramos un poco más, descubrimos algo que ninguna panorámica consigue explicar.
Aquí se está viviendo.
No como debería vivir nadie. No en unas condiciones que puedan confundirse con normalidad. Pero se vive.
Dos hombres se sientan juntos para coser una prenda. Las manos trabajan despacio sobre la tela. Algo se ha roto y hay que repararlo porque quizá no exista otra ropa con la que sustituirlo.
Un poco más adelante alguien reúne cañas. Otros las cortan, las atan y levantan con ellas el esqueleto de un nuevo refugio. Lo que en cualquier otro lugar podría ser simplemente vegetación, aquí termina convertido en pared, techo o soporte.
En el suelo, unas piedras rodean un pequeño fuego. Un hombre se agacha y aviva las llamas con un trozo de cartón. Hay que cocinar. Y para cocinar primero hay que conseguir que arda algo.
La ropa cuelga de cuerdas y de las propias estructuras de los refugios. Se lava, se tiende, se vuelve a utilizar.
En unas duchas abiertas junto al mar, decenas de hombres esperan, se asean, llenan recipientes, lavan sus cuerpos y sus prendas. La intimidad, aquí, parece haberse convertido también en un lujo.
Y aparece incluso una pequeña barbería.
Una silla. Una máquina de cortar el pelo. Un cartel improvisado. Alguien espera su turno mientras otros observan y conversan.
Por unos minutos, aquella explanada podría parecer cualquier barrio del mundo.
Hasta que levantamos la mirada.
Y siguen allí las lonas.
Los plásticos.
Las tiendas.
La tierra.
La incertidumbre.
Entonces rueda un balón.
Y todo vuelve a cambiar.
Un grupo comienza a jugar al fútbol sobre la explanada. No hay césped, porterías ni líneas pintadas. Tampoco parecen hacer falta. Corren detrás de la pelota mientras otros miran desde las barreras de hormigón.
Durante unos minutos no hay fronteras.
Hay un balón.
Y unos muchachos jugando.
Junto al mar ocurre otra escena. Varias personas avanzan sobre las rocas con largas cañas de pescar. No es únicamente entretenimiento. Aquí el mar también puede convertirse en una forma de conseguir alimento.
Y quizá sean precisamente esas escenas pequeñas las que más cuestan olvidar.
Porque también hubo risas.
Cuando algunos descubrieron la cámara comenzaron las bromas. Uno se tapaba el rostro mientras los demás reían. Otro miraba directamente al objetivo. Durante unos segundos dejaron de ser fotografiados como parte de una emergencia y simplemente jugaron con quien estaba detrás de la cámara.
Y sonrieron.
Eso también ocurrió en El Trampolín.
No debemos borrarlo.
Porque sonreír no significa que todo vaya bien. Jugar al fútbol no convierte una explanada en un hogar. Cortarse el pelo no elimina la incertidumbre. Coser una camiseta no repara una vida. Y levantar una tienda más resistente no significa haber encontrado un lugar donde quedarse.
Significa otra cosa mucho más sencilla:
seguir adelante con lo que se tiene.
Aquí también conocemos a uno de los jóvenes que se acerca y habla con nosotros. Nos cuenta parte de su recorrido: había vivido en Barcelona y después en Francia. Ahora está aquí, en esta explanada junto al mar.
Su historia nos recuerda algo que una fotografía nunca puede explicar por sí sola: cada una de las personas que aparece ante nuestro objetivo tenía una vida antes de llegar hasta aquí.
Una ciudad.
Una familia.
Un trabajo quizá.
Amigos.
Errores.
Sueños.
Una historia que desconocemos.
Por eso seguimos fotografiando.
No para convertirlos en héroes. Tampoco en víctimas.
Simplemente para devolverles algo que las grandes cifras suelen arrebatarles: su condición de personas.
Cuando abandonamos aquella explanada, detrás quedan el sonido del balón golpeando la tierra, unas tijeras cortando el pelo, ropa secándose al viento, humo levantándose de un pequeño fuego y varias cañas apuntando hacia el mar.
La vida continúa allí.
Extraña, improvisada, incierta.
Pero continúa.
«Cuando casi todo es provisional, hasta los gestos más pequeños —coser una camiseta, encender un fuego, perseguir un balón o regalar una sonrisa— pueden convertirse en una manera de seguir siendo uno mismo.»
REGRESAR CON LO QUE CABE EN UNA BOLSA
Después de sesenta días, el sueño termina en el mismo lugar donde comenzó: al otro lado.
Camina despacio.
En una mano, una bolsa de plástico.
Dentro, lo poco que lleva consigo.
Detrás quedan casi dos meses de espera. Días y noches imaginando que quizá mañana llegaría una respuesta. Que quizá mañana cambiaría algo.
Pero ese mañana no llegó.
Hoy ha decidido regresar a Marruecos.
No sabemos todo lo que dejó allí cuando emprendió el camino. Tampoco sabemos exactamente qué esperaba encontrar aquí.
Solo sabemos lo que nos cuenta: no puede más.
Y entonces regresar deja de parecer una derrota o una victoria.
Es simplemente una decisión.
La de una mujer cansada de esperar sin saber qué será de ella.
La vemos alejarse entre las tiendas improvisadas y las personas que todavía permanecen allí.
No lleva maletas.
No hay despedidas.
No hay nadie esperando en una puerta de embarque.
Solo una mujer caminando hacia el lugar del que un día decidió marcharse.
Y una bolsa de plástico que parece demasiado pequeña para guardar sesenta días de vida.
"Hay viajes que comienzan buscando un futuro.
Y regresos en los que todo el futuro cabe en una bolsa".
AL OTRO LADO DE LA VERJA
Centro Ecuestre Ciudad de Ceuta. Dentro, un recurso temporal de acogida para mujeres y niñas. Fuera, otras mujeres y menores continúan esperando.
Dejamos atrás El Trampolín y encontramos otra imagen de esta crisis.
El cartel no deja dudas: Centro Ecuestre Ciudad de Ceuta. Un espacio dedicado hasta hace pocas semanas a la actividad hípica ha tenido que transformar parte de sus instalaciones para acoger temporalmente a mujeres y niñas. RTVE.es
Detrás de la verja cuelga ropa recién lavada. Camisetas, pantalones, toallas, prendas de niños. Pequeños rastros de vida cotidiana ocupando un lugar que nunca fue pensado para convertirse en alojamiento.
Y delante de esa verja, otra realidad.
Tiendas de campaña junto a la carretera. Algunas mujeres permanecen sentadas. Hay niños. Esperan.
Una mujer camina junto a un pequeño. Los árboles casi los esconden. Detrás de ellos está el edificio; delante, el camino.
La fotografía no nos permite saber si esa mujer y ese niño están alojados dentro, esperan una plaza o simplemente atraviesan el lugar. Y no necesitamos inventarlo.
Porque la imagen ya contiene suficiente.
Una verja.
Ropa tendida.
Una madre.
Un niño.
Y una crisis que ha obligado a transformar incluso los espacios cotidianos de una ciudad para intentar encontrar sitio a quienes todavía lo necesitan.
Aquí tampoco encontramos una escena extraordinaria.
Encontramos algo quizá más difícil de mirar: la espera convertida en paisaje.
«A veces una frontera no está entre dos países.
Puede ser simplemente una verja y unos pocos metros entre tener un lugar donde dormir y continuar esperando.»
BENZÚ: DONDE LA FRONTERA SE HACE PAISAJE
Desde el mirador de Benzú, Ceuta mira directamente hacia Marruecos. Frente a nosotros, el Yebel Musa dibuja sobre la costa la silueta que los ceutíes conocen como la Mujer Muerta o la Mujer Dormida.
Seguimos nuestro recorrido hasta Benzú. Aquí el paisaje es extraordinario, pero también resulta imposible separar lo que vemos de todo lo vivido durante el día.
Delante aparece la costa marroquí. El mar parece unir ambos lados mientras la frontera recuerda que pertenecen a dos países diferentes.
Sobre Marruecos se levanta el Yebel Musa. Desde Benzú, su perfil dibuja una enorme figura humana recostada frente al Estrecho. Es la Mujer Dormida, también llamada por muchos ceutíes la Mujer Muerta, una de las imágenes más reconocibles de este extremo de Ceuta.
Nos detenemos a contemplarla.
Después de haber hablado con jóvenes que cruzaron el mar, de caminar entre campamentos improvisados y de escuchar historias de personas que esperan poder continuar su camino, mirar hacia Marruecos adquiere otro significado.
Desde aquí todo parece cercano.
Las casas. La montaña. La otra orilla.
Y, sin embargo, durante este viaje hemos aprendido que unos pocos metros pueden convertirse en una distancia inmensa cuando una frontera atraviesa la vida de una persona.
Más tarde subimos y Ceuta aparece ante nosotros completa. Juan Antonio Soto y Ana María permanecen frente al paisaje observando en silencio la ciudad que llevamos horas recorriendo.
Desde lo alto ya no distinguimos las tiendas, las bolsas, las cañas de pescar ni los pequeños fuegos donde vimos preparar comida. Tampoco las caras.
Solo aparece Ceuta.
Hermosa. Mediterránea. Abierta al mar.
Quizá necesitábamos verla así antes de terminar nuestro recorrido. Porque contar lo que está sucediendo no significa olvidar lo que Ceuta es.
Ana María vuelve a mirar la ciudad.
Y nosotros, detrás de la cámara, comprendemos que después de tantas fotografías todavía queda una última imagen que no puede hacerse: la de todo lo que cada persona se lleva por dentro después de haber estado aquí.
«Desde Benzú, dos orillas parecen estar al alcance de la mano.
Pero hay distancias que ningún paisaje consigue mostrar.»
SAN ANTONIO: AL OTRO LADO DE LA VALLA
Continuamos recorriendo Ceuta y encontramos otra realidad. En el entorno del Centro San Antonio, un grupo de personas de origen subsahariano permanece entre las instalaciones y las calles próximas.
Las vallas vuelven a aparecer en nuestras fotografías.
Detrás, personas caminando, ropa tendida, edificios y una larga hilera de hombres. Delante, otros continúan su camino o esperan sentados junto a una pared.
Aquí las imágenes son diferentes a las que acabamos de dejar en El Trampolín.
Ya no encontramos las grandes extensiones de refugios levantados con cañas y plásticos. Encontramos un centro destinado a la atención de personas migrantes y, alrededor, pequeños grupos que forman parte de esa otra geografía humana que durante todo el día vamos descubriendo en Ceuta.
Tres hombres descansan sobre una acera. Una mochila, un teléfono, un vaso. Poco más necesita la fotografía para contar la espera.
No sabemos cuánto llevan allí ni cuál será su próximo destino. Y no necesitamos inventarlo.
Durante unas horas hemos visto muchas procedencias, edades y circunstancias diferentes. La palabra migrante parece reunirlas a todas bajo un mismo nombre, pero cuando uno se acerca descubre que no existe una sola historia de migración.
Cada rostro trae la suya.
Y sobre un muro amarillo encontramos finalmente un pequeño cartel: Punto de Atención a Inmigrantes.
Después de todo lo fotografiado durante el día, cuatro palabras que parecen sencillas adquieren un significado mucho mayor.
«Una palabra puede llamarlos migrantes.
Una fotografía vuelve a recordarnos que cada uno llegó hasta aquí con su propia historia.»
EL TARAJAL: DONDE TODO COMENZÓ
Llegamos hasta la frontera del Tarajal. Frente a nosotros está el mar por el que, apenas unas semanas antes, miles de personas intentaron alcanzar Ceuta. Ahora el lugar parece haber recuperado cierta normalidad. Pero después de todo lo que hemos visto, resulta imposible contemplarlo como una frontera más.
Desde arriba vemos la carretera, los vehículos, el autobús detenido, personas caminando y, al fondo, el Mediterráneo.
Ana María se detiene junto a un joven.
Los dos miran hacia abajo.
Allí está El Tarajal.
Por este extremo de Ceuta se produjeron algunas de las imágenes que dieron la vuelta al mundo durante los días 30 y 31 de julio: personas entrando por el mar, jóvenes alcanzando la costa y una ciudad intentando comprender lo que estaba sucediendo.
Hoy el agua vuelve a parecer tranquila.
Resulta extraño.
Durante todo el día hemos conocido algunas de las consecuencias humanas de aquellos momentos: campamentos, centros de acogida, jóvenes durmiendo en las calles, personas que quieren continuar hacia la península y otras que han decidido regresar.
Y ahora estamos delante del lugar donde para muchos comenzó todo.
Un joven permanece sentado sobre el guardarraíl. Ana María habla con él mientras ambos contemplan la frontera.
No sabemos qué está pensando.
Quizá tampoco sea necesario saberlo.
A veces una fotografía no necesita respuestas.
Basta con mostrar a una persona mirando el mismo mar que un día decidió cruzar.
«El mar parece el mismo. Quienes lo cruzaron ya nunca volverán a mirarlo de la misma manera.»
POLÍGONO DEL TARAJAL: VIVIR ENTRE NAVES
La emergencia también ha ocupado los espacios industriales de Ceuta. Entre almacenes, carreteras y descampados aparecen refugios construidos con aquello que se ha podido encontrar.
Desde lo alto contemplamos otra extensión de viviendas improvisadas. Neumáticos sujetando lonas, maderas convertidas en paredes, muebles abandonados recuperados para volver a ser útiles.
En uno de aquellos rincones encontramos incluso una pequeña cocina. Una olla sobre el fuego, recipientes, una cómoda, algunas estanterías. Objetos cotidianos intentando construir algo parecido a una casa donde nunca debió existir una.
El Polígono del Tarajal se convirtió durante estas semanas en uno de los lugares donde muchas personas permanecieron a la espera de una solución.
«Cuando no existe una casa, cualquier objeto rescatado puede convertirse en una pequeña parte de ella.»
LOMA COLMENAR: LA EMERGENCIA A LAS PUERTAS DEL HOSPITAL
Nuestro recorrido continúa hacia Loma Colmenar. Aquí se encuentra el Hospital Universitario de Ceuta y, muy cerca, algunos de los espacios habilitados para atender la emergencia.
Las fotografías vuelven a cambiar.
Aparecen grandes carpas blancas, hileras de tiendas, ropa secándose sobre las vallas y personas esperando ante los accesos. Muy cerca se levanta el Hospital Universitario, uno de los grandes equipamientos de esta parte de la ciudad.
Durante estas semanas, este entorno ha formado parte de una geografía que Ceuta no tenía prevista: lugares pensados para otros usos transformados para alojar temporalmente a centenares de personas.
Desde arriba, las carpas parecen pequeñas.
Dentro de cada una, sin embargo, continúa una historia.
«Desde lejos vemos carpas. Cuando nos acercamos, volvemos a encontrar personas.»
EL PRÍNCIPE: LA CIUDAD QUE CONTINÚA
Muy cerca de la frontera aparece otra Ceuta. El Príncipe se extiende por la ladera como un mosaico de viviendas y colores.
Después de tantas imágenes relacionadas con la emergencia, necesitábamos volver a mirar también la ciudad que continúa viviendo alrededor de ella.
Casas rojas, verdes, amarillas y blancas se amontonan sobre la pendiente. Calles, familias, comercios y una barriada con identidad propia conviven a pocos minutos de los lugares que acabamos de fotografiar.
La crisis forma parte hoy del paisaje de Ceuta, pero Ceuta no puede reducirse únicamente a la crisis.
El Príncipe nos lo recuerda.
«Detrás de cada noticia continúa existiendo una ciudad. Y dentro de cada ciudad, barrios que siguen viviendo.»
SIDI EMBAREK: EL SILENCIO
Terminamos esta parte del recorrido frente al cementerio musulmán de Sidi Embarek. Miles de sepulturas blancas cubren la ladera mientras el cielo comienza a oscurecerse.
Después del ruido de las carreteras, los campamentos, las conversaciones y las esperas, aparece el silencio.
Las tumbas ascienden por la montaña entre palmeras y caminos amarillos. Es uno de esos lugares que obligan a bajar la cámara durante unos segundos.
Durante todo el día hemos hablado de fronteras, de quienes llegaron, de quienes esperan continuar y de quienes decidieron regresar.
Aquí ya no hay caminos que recorrer.
Solo memoria.
Y quizá por eso esta fotografía adquiere otra dimensión después de todo lo que hemos visto.
«Hay lugares donde todas las fronteras terminan desapareciendo.»
LO QUE QUEDA EN LA MIRADA
Seguimos recorriendo Ceuta. La ciudad pasa junto a nosotros, pero en el retrovisor permanece la mirada de Ana María.
Hay fotografías que cuentan lo que ocurre delante de la cámara. Estas cuentan también lo que sucede dentro.
Mientras avanzamos, grupos de jóvenes aparecen en las aceras, junto a las vallas, los comercios o simplemente esperando. El coche continúa su camino y las escenas van quedando atrás.
En el espejo, sin embargo, la mirada permanece.
Ana María observa. A veces pregunta, otras comenta lo que acabamos de ver. Después de horas recorriendo campamentos, centros de acogida, calles y fronteras, hay imágenes que ya no necesitan demasiadas palabras.
El retrovisor termina convirtiéndose en una metáfora de nuestro viaje: avanzamos, pero seguimos mirando aquello que dejamos atrás.
Y quizá eso sea también contar una historia. No pasar simplemente por un lugar, sino permitir que algo de lo visto viaje con nosotros.
«El coche sigue avanzando. Hay miradas que tardan mucho más en marcharse.»
PARTE II · CUANDO HABLA CEUTA
Plaza de los Reyes. Frente a la Delegación del Gobierno encontramos otra acampada. Esta vez no llegamos hasta ella para escuchar a quienes acaban de llegar. Llegamos para escuchar a quienes ya estaban aquí.
Tiendas de campaña ocupan parte de la plaza. Hay sillas, mesas, banderas, carteles y pequeños refugios construidos con cañas que reproducen simbólicamente algunos de los que habíamos fotografiado horas antes junto al mar.
Una gran tela blanca cuelga en mitad de la plaza como si fuera un enorme sobre cerrado.
Sobre ella puede leerse:
«HAY UNA CARTA PARA TI».
Y quizá eso sea precisamente esta acampada.
Una carta.
Una llamada de atención.
Una manera de decir: escuchadnos también a nosotros.
Durante todo el día hemos acercado nuestra cámara a quienes llegaron. Hemos conocido sus rostros, sus condiciones de vida, algunos de sus sueños y también sus derrotas.
Ahora queremos escuchar a quienes estaban aquí antes de que todo comenzara.
Y cuando lo hacemos aparece otra parte de esta historia.
Nos hablan de barrios que han cambiado, de playas que durante semanas dejaron de ser las playas que conocían, de preocupación por sus hijos, de incertidumbre, de cansancio y de servicios públicos sometidos a una presión extraordinaria.
Pero hay algo todavía más profundo que aparece en algunas conversaciones.
El miedo a que aquello que consideran provisional termine convirtiéndose en permanente.
No saber cuánto tiempo durará.
No saber cómo será Ceuta dentro de unos meses.
No saber cuándo volverá esa normalidad que tantas veces escuchamos nombrar durante nuestra jornada.
Porque cuando una situación excepcional se prolonga, el cansancio termina entrando también en las casas.
Y después llega algo todavía más difícil de recuperar:
la confianza.
La confianza en que habrá una solución.
La confianza en que alguien sabe cuál es el camino.
La confianza en que mañana será un poco diferente a hoy.
Escuchamos incluso algo que cuesta imaginar cuando se pronuncia mirando esta ciudad desde dentro: personas que empiezan a plantearse si algún día tendrán que marcharse.
Marcharse de Ceuta.
De su casa.
De su barrio.
Del lugar donde nacieron o donde han construido su vida.
No hablamos de una decisión tomada por toda una ciudad. Tampoco pretendemos convertir el temor de algunas personas en el sentimiento de todos los ceutíes.
Pero que esa posibilidad aparezca siquiera en una conversación dice mucho de la incertidumbre acumulada.
Porque abandonar una ciudad no significa únicamente cambiar de domicilio.
Significa dejar atrás la calle que conoces de memoria, el comercio donde te llaman por tu nombre, el colegio de tus hijos, los vecinos, las costumbres, los recuerdos y esa pequeña geografía cotidiana que termina formando parte de quien eres.
Y entonces comprendemos mejor algunas de las palabras que habíamos escuchado durante nuestro recorrido.
Casa.
Normalidad.
Futuro.
Palabras sencillas que aquí han adquirido otro significado.
De un lado hemos encontrado personas que cruzaron una frontera dejando detrás familia, hogar y una parte de sus vidas. Personas viviendo entre lonas, cartones y tiendas de campaña, esperando una oportunidad, una respuesta o simplemente saber qué ocurrirá mañana.
Del otro encontramos ciudadanos que sienten que, en muy poco tiempo, la ciudad que siempre reconocieron como su hogar ha cambiado. Personas que viven entre la preocupación y la incertidumbre y que solo desean recuperar la tranquilidad de sus barrios, sus calles y esa vida cotidiana que hasta hace unas semanas parecía incuestionable.
Las necesidades son diferentes.
Los miedos también.
Pero el sufrimiento no necesita competir para existir.
Y quizás ahí esté una de las mayores dificultades de lo que estamos viendo en Ceuta:
cuando dos realidades humanas comparten un espacio tan pequeño, mirar únicamente una significa dejar de ver la otra.
Durante siglos esta ciudad ha aprendido a convivir con diferencias culturales, religiosas y sociales que forman parte de su identidad.
Pero convivir no significa que nada duela.
Ni que una sociedad pueda absorber indefinidamente cualquier situación sin que aparezcan cansancio, miedo, incertidumbre o enfado.
Por esto estamos también en esta plaza.
Por eso fotografiamos estas tiendas.
Por eso escuchamos.
No para convertir la preocupación en rechazo.
No para señalar culpables.
No para enfrentar al ceutí con el migrante.
Y mucho menos para utilizar el dolor de unos contra el dolor de otros.
Estamos aquí porque estas voces también forma parte de Ceuta.
La misma cámara que horas antes fotografiaba a un joven cosiendo su ropa junto a una tienda improvisada fotografía ahora a una familia ceutí durmiendo frente a la Delegación para hacer visible su protesta.
Las circunstancias no son comparables.
Pero ambas fotografías hablan de algo que hemos encontrado repetidamente durante este viaje:
incertidumbre.
Unos no saben cuándo podrán continuar.
Otros no saben cuándo podrán recuperar aquello que consideran su vida de antes.
Y mientras unos sueñan con llegar a otro lugar, algunos de quienes siempre estuvieron aquí comienzan a preguntarse cómo será permanecer.
Quizá esa sea una de las contradicciones más dolorosas de esta historia.
Personas que arriesgaron todo para entrar en Ceuta.
Y personas de Ceuta que empiezan a preguntarse si algún día tendrán que marcharse de ella.
Entre unas y otras está la ciudad.
Una ciudad que continúa levantándose cada mañana, abriendo sus comercios, llevando a sus hijos al colegio, trabajando, paseando, rezando, conversando y mirando al mismo mar.
Una ciudad que no quiere dejar de ser lo que siempre ha sido.
Por eso nuestra responsabilidad aquí era exactamente la misma que tuvimos frente a quienes llegaron:
acercarnos sin prejuicios, escuchar antes de juzgar y contar sin convertir a nadie en enemigo.
Porque detrás de la palabra migrante encontramos personas.
Detrás de la palabra ceutí, también.
Y después de tantas horas recorriendo la ciudad empezamos a comprender que quizá la pregunta no sea quién merece ser escuchado primero.
Quizá la pregunta sea cómo conseguimos escucharlos a todos sin dejar a nadie fuera.
La respuesta no nos corresponde a nosotros.
Nuestra cámara solamente puede dejar constancia de que estuvimos allí.
De que escuchamos.
De que miramos.
Y de que, al terminar el día, hubo una frase capaz de reunir buena parte de lo que habíamos encontrado a ambos lados de esta historia:
«Aquí nadie lo está pasando bien. Todo el mundo está sufriendo.»
PLAZA DE LOS REYES: CUANDO CEUTA PIDE SER ESCUCHADA
Frente a la Delegación del Gobierno encontramos otra acampada. Esta vez las tiendas pertenecen a vecinos de Ceuta que han decidido trasladar al centro de la ciudad una representación de lo que aseguran estar viviendo desde hace semanas en sus barrios.
La imagen resulta difícil de ignorar. Donde habitualmente hay una plaza, aparecen tiendas de campaña, sillas, mesas, banderas y cañas. Incluso una de ellas lleva escrito: «Barriada Trampolín».
La acampada comenzó el 14 de septiembre impulsada por vecinos vinculados a la zona del Trampolín y fue creciendo con la incorporación de otros ciudadanos. Su intención es hacer visible, frente a la institución, su preocupación por la situación que atraviesa Ceuta y reclamar soluciones. En el centro de la plaza, una gran tela blanca reproduce un sobre cerrado con un sello rojo. Debajo, cuatro palabras:
«HAY UNA CARTA PARA TI».
Es una protesta. Y nuestra cámara debe contarla con el mismo respeto con el que hemos fotografiado las otras realidades de este viaje.
Porque escuchar a quienes llegaron no significa dejar de escuchar a quienes ya estaban aquí.
Durante nuestro recorrido hemos encontrado personas migrantes viviendo en condiciones extremadamente precarias. Pero también hemos encontrado vecinos que expresan cansancio, preocupación y temor ante una situación que consideran prolongada. Son experiencias diferentes y no deben confundirse ni enfrentarse para poder ser contadas.
Venimos a escuchar.
Y frente a la Delegación del Gobierno, esta vez son los vecinos de Ceuta quienes toman la palabra.
Sus tiendas no pretenden ser hogares. Son una forma de protesta. Permanecer allí, dormir frente a la Delegación y reproducir simbólicamente algunos elementos del asentamiento del Trampolín es su manera de decir: mirad también lo que nosotros estamos viviendo.
Después de tantas horas recorriendo la ciudad empezamos a comprender algo que Ana María resumirá con pocas palabras: aquí no hay una sola realidad ni una sola necesidad.
Hay personas que llegaron buscando un futuro.
Hay vecinos que quieren recuperar su cotidianeidad.
Y hay una ciudad entera intentando convivir con una situación extraordinaria que se prolonga demasiado.
Quizá por eso esta acampada era necesaria en nuestra crónica. No para enfrentar unas fotografías con otras, sino para completar la mirada.
«Escuchar a quien llega no obliga a dejar de escuchar a quien estaba.
Cuando una ciudad sufre, todas sus voces merecen ser oídas.»
UNA ÚLTIMA MIRADA A CEUTA
El día termina. Regresamos al puerto después de horas recorriendo una ciudad que nos ha mostrado muchas realidades distintas. Queda el viaje de vuelta a la Península y el tiempo necesario para empezar a ordenar todo lo vivido.
Antes de marcharnos, una última mirada a Ceuta. A sus calles, sus edificios, sus banderas, su gente. A esa ciudad hermosa que existe más allá de la emergencia que hemos venido a contar.
Subimos al barco.
Ana María se sienta y abre el móvil. Repasa notas, conversaciones, algunas fotografías. Después de tantas horas escuchando, hay momentos en los que uno necesita volver sobre lo vivido para empezar a comprenderlo.
Nos llevamos historias de quienes llegaron y de quienes quieren regresar. De jóvenes que sueñan con continuar su camino. De personas viviendo entre lonas y refugios improvisados. Pero también las voces de los ceutíes que nos hablaron de su preocupación y de una ciudad que intenta recuperar su cotidianeidad.
El barco comienza a alejarnos.
Ceuta queda atrás, pero no termina allí nuestro viaje. Ahora empieza otra parte: contar lo que vimos sin juzgar, sin enfrentar unas vidas con otras y sin olvidar que detrás de cada realidad encontramos personas.
Quizá la frase que escuchamos durante nuestra jornada sea también la que mejor pueda cerrar este recorrido:
«Aquí nadie lo está pasando bien. Todo el mundo está sufriendo.»
Y mientras regresamos a la Península comprendemos que algunas fotografías se guardan en una tarjeta de memoria.
Otras tardan mucho más en abandonar la mirada.
CEUTA DESDE DENTRO
Ana María Sanjuán y Juan Antonio Soto
ANA MARÍA
Juan Antonio Soto no ha sido solamente nuestro guía.
Durante casi siete horas nos ha acompañado en su coche por diferentes lugares de Ceuta y nos ha dado la oportunidad de conocer una ciudad que difícilmente habríamos podido comprender de la misma manera sin alguien que la conoce desde dentro.
Soto nació aquí. Lleva toda su vida en Ceuta y está a punto de cumplir 59 años.
No se ha limitado a decirnos dónde ir. Nos ha llevado hasta los lugares, nos ha explicado lo que estaba sucediendo.
Y lo ha hecho con algo que para mí tiene mucho valor: sin rencor y sin rabia.
SOTO
Esta es mi ciudad.
Ceuta es mi casa. Aquí están mis raíces, mi familia y toda una vida. Y duele ver cómo la incertidumbre y la tensión van ocupando poco a poco espacios que antes pertenecían a nuestra vida cotidiana. No quiero enfrentamientos; quiero volver a sentir que esta ciudad puede respirar tranquila.
Quiero que las cosas se solucionen.
Quiero volver a reconocer la Ceuta en la que he vivido siempre, recuperar la tranquilidad y poder respirar de nuevo sin esta tensión permanente.
No sé cuánto tiempo va a durar todo esto. Y quizás eso sea también lo más difícil: levantarte cada mañana sin saber cuándo llegará una solución.
ANA MARÍA
Soto tiene vocación de maestro, aunque ahora no trabaje como tal.
Y quizá esa vocación explica también su manera de enseñarnos Ceuta.
Porque no se limita a conducir.
Explica. Señala. Recuerda. Se detiene.
Nos lleva de un lugar a otro intentando que entendamos qué estamos viendo y, sobre todo, que comprendamos que detrás de cada uno de aquellos lugares existe una historia.
Durante casi siete horas comparte con nosotros su tiempo, sus preocupaciones y su manera de mirar la ciudad.
Y poco a poco percibo también algo que me preocupa: la pérdida de esperanza.
SOTO
He visto cambiar muchas cosas.
Y llega un momento en el que empiezas a perder la confianza. No porque quieras dejar de creer, sino porque pasan los días y la situación continúa.
Yo no quiero buscar culpables entre las personas.
Quiero soluciones.
Quiero que quienes tienen que tomar decisiones las tomen y que Ceuta pueda volver poco a poco a la normalidad.
Porque aquí seguimos viviendo.
Aquí están nuestras familias, nuestros trabajos, nuestros barrios y nuestros recuerdos.
Ceuta es nuestra casa.
ANA MARÍA
Quizá por eso, después de acompañarnos durante todo el día, yo prefiero quedarme con su generosidad.
Con un hombre nacido en Ceuta que abrió su coche y su ciudad a tres personas que veníamos de fuera intentando comprender qué estaba ocurriendo.
Soto nos llevó hasta lugares difíciles.
Nos enseñó campamentos, playas, barriadas y fronteras. Nos mostró aquello que le preocupa y aquello que le duele.
Pero también nos permitió conocer la ciudad que ama.
Y eso cambia completamente la manera de mirar.
Porque cuando alguien te enseña su ciudad desde el lugar de quien ha vivido toda una vida en ella, las calles dejan de ser simplemente calles.
Se convierten en memoria.
En pertenencia.
En casa.
«Soto no nos enseñó solamente los lugares. Nos ayudó a mirar Ceuta desde los ojos de alguien que lleva toda una vida llamándola casa.»
ÚLTIMAS PALABRAS · ANA MARÍA SANJUÁN
«Aquí nadie lo está pasando bien»
Es la primera vez en mi vida que visito Ceuta y me voy con la sensación de haber conocido una realidad mucho más compleja de lo que puede parecer cuando se observa desde lejos.
Durante estas horas he hablado con personas migrantes, pero también con mujeres y hombres ceutíes. He recorrido playas, asentamientos, calles, barriadas y lugares de acogida. Y he encontrado necesidades diferentes compartiendo un mismo espacio.
Eso es quizás lo más difícil de explicar.
Por una parte están quienes han llegado buscando algo tan elemental como una oportunidad de futuro. He hablado con dos primos de 15 y 17 años que llegaron a nado desde Tetuán. Su madre sigue allí. Cuando les pregunté si querían regresar con ella me dijeron que no, que querían llegar a Málaga, donde tienen familia. Y eso me rompe el corazón.
He visto también a tres mujeres que, después de casi sesenta días, habían decidido hacer el camino contrario y regresar a Marruecos. Se marchaban con sus pertenencias metidas en bolsas de plástico porque ya no podían más y no sabían qué iba a ocurrir con ellas. He visto jóvenes intentando pescar con cañas de bambú, otros jugando al fútbol y personas que, en mitad de todo aquello, se cortaban el pelo o intentaban continuar con los pequeños gestos de cualquier vida cotidiana.
Pero también he escuchado al pueblo ceutí.
Y no podemos olvidar sus necesidades.
Ceuta es una ciudad acostumbrada desde hace muchísimo tiempo a convivir con la diversidad. Esa convivencia forma parte de su historia. Sin embargo, durante este viaje he encontrado una ciudad sometida a una tensión que se está prolongando demasiado.
En algún momento he pensado qué ocurriría si todo esto estuviera sucediendo en Cádiz. Si fueran nuestras playas, nuestras calles, nuestras avenidas, nuestras plazas o nuestros jardines. Y sinceramente no sé cómo reaccionaríamos nosotros.
Quizá por eso me resulta tan difícil quedarme solamente con una de las dos realidades.
He sentido tristeza por quienes han llegado y viven en unas condiciones que nadie debería considerar normales. Pero también he escuchado a ciudadanos de Ceuta que sienten que su vida cotidiana ha cambiado y que quieren recuperar su ciudad y su normalidad.
No creo que debamos medir qué sufrimiento merece ser escuchado antes que otro.
Tenemos que ser capaces de comprender que en un mismo lugar están conviviendo realidades distintas y que detrás de todas ellas existen personas. Hace falta conciencia, comprensión y empatía para acercarnos a lo que está sucediendo aquí.
Cuando llegué esta mañana venía casi adormecida por el viaje en barco. Las primeras imágenes me pusieron inmediatamente en alerta. A lo largo del día he respirado una atmósfera muy tensionada, una tensión que además se prolonga en el tiempo.
Quisiera marcharme pensando que todo puede solucionarse pronto.
Pero no es esa la sensación que me llevo.
Me voy pensando que no existe una solución fácil ni probablemente inmediata.
Y, sobre todo, me voy con algo mucho más sencillo y mucho más humano:
«Me voy con mal sabor de boca porque aquí nadie lo está pasando bien. Todo el mundo está sufriendo.»
UNA MIRADA COMPARTIDA
Este trabajo forma parte también del camino compartido entre Agenda Cádiz y Humanamente Inclusiva, una alianza nacida para escuchar, dar visibilidad y acercarnos a realidades que necesitan ser contadas desde el respeto, la inclusión y la mirada humana.
Ceuta nos recuerda precisamente la importancia de ese compromiso: acercarnos a las personas antes que a las etiquetas, escuchar voces diferentes y comprender que una misma realidad puede contener historias, necesidades y sentimientos distintos.
Porque contar desde lo humano significa también no mirar hacia otro lado cuando una realidad necesita ser escuchada.
Escuchar antes de juzgar. Conocer antes de opinar. Y poner siempre a las personas en el centro.
AGRADECIMIENTOS
Este trabajo no habría sido posible sin las personas que nos abrieron puertas, nos acompañaron, nos orientaron y, sobre todo, confiaron en nuestra mirada.
Nuestro agradecimiento a Fran, por hacer posible que este viaje comenzara; y a Juan Antonio Soto, ceutí y compañero de camino durante horas, por llevarnos por su ciudad y ayudarnos a conocer lugares y realidades que difícilmente habríamos encontrado solos.
Ana María Sanjuán, por caminar, preguntar, escuchar y acercarse a cada persona sin otra intención que intentar comprender.
A los hombres y mujeres de Ceuta que se detuvieron a hablar con nosotros, incluso cuando sus opiniones, preocupaciones y experiencias eran diferentes.
Y especialmente a las personas migrantes que permitieron nuestra cercanía y la presencia de la cámara. A quienes hablaron, sonrieron, contaron una pequeña parte de su historia o simplemente aceptaron ser fotografiados en uno de los momentos más difíciles e inciertos de sus vidas.
Nuestro agradecimiento también a los agentes de la Policía Nacional que encontramos durante el recorrido, por su atención, sus indicaciones y el cuidado mostrado mientras desarrollábamos nuestro trabajo.
«Gracias a mi cámara por permitirme mirar. Y gracias a quienes, por un instante, permitieron que mi cámara los mirara.»
Regresamos a la Península con fotografías, conversaciones y muchas preguntas.
Pero también con una certeza:
"Ceuta no puede contarse desde una sola mirada.
Hay que acercarse. Escuchar. Y mirar a las personas antes que a las etiquetas".
Agenda Cádiz · Cádiz no se cuenta. Se siente.