EL RENACER DEL ÁGUILA
Hay momentos en la vida en los que, para volver a volar, necesitamos aprender a soltar.
Hace algo más de veinte años, caminando por una montaña, encontré una pluma de águila real. La recogí y, desde entonces, ha formado parte de mi vida.
Durante mucho tiempo me acompañó en mis meditaciones. Con ella emprendía viajes interiores, imaginando el vuelo del águila, su libertad, su silencio y esa manera de contemplar el mundo desde las alturas.
Después quedó guardada, discretamente, en un mueble de casa, junto a unas copas de vino.
Hoy, tras una breve meditación, sentí el deseo de recuperarla. Abrí la puerta, la tomé entre mis manos, acaricié y ordené suavemente sus plumas y la coloqué en un lugar donde pudiera volver a verla.
Y entonces recordé una antigua leyenda.
La leyenda del águila que vuelve a nacer
Cuenta la leyenda que el águila puede vivir hasta setenta años, pero que, al alcanzar los cuarenta, debe enfrentarse a una difícil decisión.
Sus garras han perdido fuerza. Su pico, demasiado largo y curvado, le impide alimentarse. Sus plumas, envejecidas y pesadas, dificultan su vuelo.
Tiene entonces dos caminos: dejarse morir o afrontar un doloroso proceso de transformación.
El águila decide elevarse hasta lo alto de una montaña, buscar refugio entre las rocas y permanecer allí, en soledad.
Comienza golpeando su pico contra una piedra hasta desprenderlo. Después espera pacientemente a que crezca uno nuevo.
Con ese nuevo pico arranca sus viejas garras y, cuando estas vuelven a crecer, se desprende de sus antiguas plumas.
Durante ciento cincuenta días permanece en silencio, vulnerable, atravesando un largo proceso de renovación.
Hasta que, finalmente, sus nuevas plumas crecen, sus alas recuperan la fuerza y el águila vuelve a lanzarse al vacío.
Según la leyenda, comienza entonces una nueva vida de treinta años.
Mi águila nunca se marchó
Hoy, al recuperar aquella pluma, comprendí que no necesitaba buscar nada nuevo.
Había permanecido conmigo durante más de veinte años. Silenciosa, discreta, esperando sin esperar nada.
Quizá el águila representa para mí esa libertad interior que no depende de los lugares, de las circunstancias ni del paso del tiempo.
La posibilidad de observar la vida con serenidad, de aceptar lo que llega y dejar marchar aquello que ya cumplió su camino.
No sé por qué precisamente hoy sentí la necesidad de abrir aquella puerta.
Tampoco necesito encontrar una explicación.
A veces, las cosas más sencillas tienen un significado que solo el silencio alcanza a comprender.
Mi águila no ha regresado.
Nunca se marchó.
«Renacer no siempre significa comenzar una nueva vida.
A veces, simplemente, significa volver a sentir la que tenemos».
Paco de la Corte